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Revista Compartiendo (Agosto 2012).
¡Qué difícil es bajar la cabeza cuando nos hieren!

Que difícil es bajar la cabeza, ser humilde, comprensivo, tolerante, cuando uno sabe que está obrando bien, con total sinceridad, de buena fe, sin hacer daño, sin perjudicar a nadie, cuando realmente quiere lograr cosas buenas para los demás y para uno mismo... y lo tratan mal.

Cuando hacemos el bien, siempre nos rodean personas que aprovechan nuestra humildad, nuestra entrega, nuestro silencio, nuestra impotencia o nuestra ignorancia, para lograr que las cosas se hagan como a ellos les gusta o para aprovechar y desvirtuar las cosas, de alguna forma, para que resulten como ellos quieren, especialmente, cuando éstas personas tienen poder o bastante influencia sobre alguna autoridad o alguien que tenga el poder de decidir.

Es algo triste, pero muchas veces tenemos que enfrentarlo en nuestra vida. Aunque no queramos siempre nos tropezaremos con alguien que, por medio del poder o la autoridad que se le delegó, haga las cosas a su gusto desplazando nuestro derecho, nuestra dignidad, todas esas realidades que necesitan respuestas honestas.

En momentos así uno tiene que estar muy paciente y tranquilo, creo que prudencia y sabiduría nos obligan a bajar la cabeza. ¡Es difícil!, porque ésta gente que te trata mal carece de valores espirituales, no piensa en nuestra dignidad, te trata como un animal, si puede te pisotea, te agrede, se dirige a vos en forma hiriente y te hace sentir como un tonto, solo porque tiene poder.

SI todo esto sucede para un bien común es preferible que mantengamos silencio y bajemos la cabeza aun cuando el dolor que nos causan sea muy grande.

Me ha pasado muchas veces, cuando he visto decisiones equivocadas y me he atrevido a opinar. Suelen decir: “vos no tenés cabeza para pensar, sos inmaduro. Tu razonamiento parece el de un chico, es muy infantil”. A veces pasa ¿no?, también pueden llegar a decirte: “sos un ignorante, andá a aprender”... y uno a veces reacciona... tiene ganas de romperle la cabeza, hacerlo entrar en razón, insultarlo o pelear... y es así porque, naturalmente, tenemos ganas de mostrar que somos educados, dignos, correctos, pero, como dije antes, si tu silencio realmente vale para que muchos se sientan mejor: mantengamos el silencio.

Recordemos a Jesús: Pilato lo condenó a muerte injustamente, pero Jesús quería defender a muchos que estaban en silencio, a muchos que necesitaban la paz y el perdón de Dios y calló. Pero también tomó el silencio para demostrar lo que éste puede lograr cuando confiamos en la gracia y el poder de Dios. ¡Qué lindo! ¡Cuánta humildad!

Pilato dijo muchas veces: “tengo poder”. Jesús tenía más poder como hijo de Dios, podía hacer algo diferente pero, bajando la cabeza, aceptó la muerte en la cruz. ¡Cuántos valores encierra esa humildad! Lo insultaron, le pegaron, se burlaron de él (así nos lo dice el Evangelio), pero no reaccionó, a pesar de todo eso fue capaz de mantener su humildad. No comenzó a gritar. < Yo soy hijo de Dios, mi Padre tiene poder sobre ustedes>, ¡no!... una sumisión total lo envolvió, simplemente, para demostrar que la verdad triunfa sobre toda autoridad y poder aunque quieran callar su boca.

Por otro lado, si lo injusto perjudica a muchas personas: ¡tenemos que hablar! En éste caso también tomamos como modelo a Jesús. Cuándo vio un hecho injusto, Jesús no calló, cuando vio que las cosas se desubicaban, enseguida las ubicaba en su lugar. Recordemos a los vendedores del templo, cuando llegó Jesús pidió que se vayan y a los fariseos, los escribas y sumos sacerdotes, públicamente, les mostró sus errores y les enseñó cómo debían actuar para que hubiese coherencia entre lo que predicaban y lo que vivían.

El poder no sirve para buscar que los demás te sirvan sino para servir. Pero, no se olviden, en la vida humana, muchísimas personas actúan con egoísmo para alcanzar sus comodidades, para llenar sus bolsillos, sin importar quien tenga que pagar el precio... así es la vida.

Lamentablemente, toda sociedad tiene en su interior personas corruptas, gente que piensa en su propio provecho y beneficio, que no piensa en los demás cuando decide hacer algo y nunca escucha a nadie, porque sólo piensa con vanidad y orgullo, mucho más que con justicia y verdad.

Por todo esto, cuándo tengan que hablar, hablen, manifiesten. Yo sé que cuesta pero es bueno, a veces, decir lo que haya que decir, no en la peluquería, el supermercado o en la calle, sino a la persona que está equivocada en su forma de actuar.

Por ahí, no ganamos nada, es más: ¡nos quedamos sin nada! Pero, por otro lado, más que obtener un resultado positivo para nuestros proyectos o nuestros deseos dejamos reflexionando su corazón y su cabeza como comienzo de conversión (tal vez, por primera vez, empiece a pensar en cambiar).

Aunque uno diga: “fulano de tal nunca va a cambiar pase lo que pase”, en realidad, tal vez no cambie lo exterior pero su interior puede llegar a sufrir una transformación; porque tus palabras, dichas con paciencia y amor, pueden hacer que comience la conversión del corazón, reconozca las maldades que hizo y pueda llegar a corregirse en algún momento de la vida.

Tal vez, contigo no se corrija, conmigo no se corrija ni cambie pero alguna persona se puede llegar a beneficiar gracias a las palabras que pudimos llegar a decirle.

¡No seas nunca agresivo! Ellos pueden serlo, ellos pueden discriminar, maltratar, tratarnos como burros o animales, pero aunque esto suceda, nosotros respondamos con educación, dignidad y paciencia ya que eso es lo que realmente vale.

Todos sabemos que es más fácil resolver: “ojo por ojo, diente por diente”. Nos pasa muchas veces, pensamos: “Ah, vos sos malo, yo también”... Esa es la actitud que tenemos habitualmente. Es natural, porque con todas las cosas injustas que se ven y encima sabiendo que ellos creen que tienen razón, es muy difícil contenerse, pero siempre recuerden: la violencia nunca llega a buen término. La paciencia siempre brinda una respuesta favorable.

En lugar de buscar odio y venganza, allí donde exista éste tipo de conflicto, llevemos esperanza.

Demos más importancia a la paz que a la guerra porque si no en lugar de alejarnos del fuego, podemos caer en medio de las llamas. La violencia siempre complica las cosas. Hay personas con las que realmente no vale la pena perder la paciencia; no nos amarguemos pensando en combatir con ellos.

El que obra mal, cosecha mal... algún día va a entender. De cualquier forma, que nuestro obrar no sea violento ni agresivo. Busquemos la paz y la verdad en lugar de luchas que hacen daño a todos. Siempre recuerden: habrá gente que nos trate mal a lo largo de nuestra vida, pero ¡no importa!, como hizo Jesús, mantengamos silencio, hablemos sólo lo necesario y apuntemos siempre hacia la paz verdadera para nosotros y para los demás.

Dios te bendiga.
Padre Ignacio
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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