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Revista Compartiendo (Julio 2012).
“Nadie pide ayuda si no reconoce su necesidad”

Queridos amigos: actualmente, y es una verdadera pena, algunas personas sienten sus vidas vacías de sentido, muchos valores se han ido desdibujando y esto genera egoísmo, división, miedo y desconfianza. Es ahí cuando el ser humano comienza a dejarse seducir por las cosas materiales y busca escapatorias equivocadas en comportamientos que, consideran, los hace verse y sentirse fuertes ante los demás.

La soberbia y la autosuficiencia son tentaciones de los momentos de bienestar en los que dejamos de experimentar la necesidad de Dios.
Por eso, cuando todo parece que está perdido, no tenemos que desesperarnos ni rendirnos pero tampoco debemos caer en la ilusión de salvarnos solos, confiando solamente en nuestra fuerza porque, sin Dios, podemos encontrar fácilmente placeres y sentimientos que complacen la vida terrenal pero que, en la mayoría de los casos nos llevan a la ruina.

A veces uno dice: “lo hice por compromiso” o “pensé que era una cosa buena” o también “no tuve otra alternativa”. Para salir victorioso de cualquier tentación existen tres armas poderosas: la Palabra de Dios, el sacrificio y la oración pero, de cualquier forma, cuando estamos siendo tentados aunque vos estés rezando, aunque estés leyendo la Biblia, hagas lo que hagas, cuando toca de cerca la tentación uno pierde un poco la cabeza y se arriesga sin razonar, sin pensar lo que puede pasar con la vida.
Por eso dice un expresión popular “cuando la casa se está quemando no es el momento de tomar un curso de cómo manejar un extinguidor”; lo importante es estar prevenidos para poder actuar con serenidad, lucidez y tranquilidad de conciencia.
Recuerden que: “Nadie pide ayuda si no reconoce su necesidad”

Les voy a contar la historia de un joven indio que cuyo deseo era triunfar en todo sentido terrenal. Un buen día, atrapado por el orgullo y la vanidad, se dijo:
-“Yo tengo que hacer cosas que no hagan los demás para demostrar que soy el más importante y el más capaz de todos”.
Comenzó entonces a meterse en bosques inexplorados, a subir montañas muy altas y cruzar ríos a nado. Todo aquello que era muy difícil de hacer y poco habitual, él lo hacía. Se sentí muy complacido por vivir así.

Una mañana estaba en un bosque caminando y caminando cuando avistó una montaña altísima, cuya cumbre estaba toda cubierta de nieve muy blanca y decidió subir hasta la cima para demostrar su gran capacidad.
Se abrigó bien, tomó sus mantas y comenzó el ascenso; cuando lo logró, lleno de inmodestia, se dijo a sí mismo: “Triunfé una vez más”. (Aunque no se daba cuenta de todos los riesgos que había en cada cosa que emprendía por orgullo o vanidad).
De pronto escuchó un ruido y, cuando miró hacia sus pies, vio a una serpiente que estaba dando vueltas a su alrededor. La serpiente fijó sus ojos en él y comenzó a hablarle: -“Estoy muriendo de hambre en medio de esta nieve. Aquí todo es blanco y está seco, no encuentro comida, estoy muriendo de frío. Ayudame a encontrar la tranquilidad y la vida. Llevame “upa”, por favor”.
Entonces el chico, sorprendido, le respondió: -“Vos sos una serpiente venenosa. Me vas a picar o me harás cualquier daño, ¡no quiero arriesgarme!”
(Cuando nosotros andamos bien de la cabeza solemos contestar así, con precaución, pero… cuando la cabeza se confunde y comienza a andar mal... perdiste todo).
El chico de la historia continuó diciendo: -“¡No! ¡Sos venenosa! me vas a hacer daño”. Pero…la serpiente contestó: -“Mirá, te prometo que mientras me traslades no te voy a hacer ningún daño. Llevame upa. Ayudame a bajar de esta montaña”.
El chico entonces, orgulloso y feliz de poder hacer algo que nadie haría, tomó la serpiente y la puso debajo de su campera para que, calentita, pudiera bajar, junto a él, de aquella montaña.
(¡Cuántas veces nos pasa esto! Sin darnos cuenta que estamos confundidos, que nada que nos cause un placer momentáneo y satisfaga nuestra vanidad puede valer más que nuestra dignidad y nuestra vida. Por ahí uno piensa que está todo bien pero… está llevando el veneno por dentro).
El chico indio de nuestra historia bajó de la montaña e inmediatamente soltó la serpiente. Ésta, cuando ya se sintió sobre la tierra, empezó a perseguirlo para morderlo. Ante lo cual el chico gritó desesperado: -“Escuchame una cosa, vos me prometiste que no me harías ningún daño. Yo confié en vos”.
La serpiente, con total tranquilidad, contestó: -“Es verdad, y yo cumplí mi promesa, mientras me llevaste no te ataqué. Mientras me tuviste upa no te hice ningún daño pero... ahora estoy en el suelo y ya bajé de la montaña. Ahora puedo actuar libremente”.
-“¡No!”-gritó el joven- “No podés ser tan mala”.
La serpiente replicó: -“Hijo, vos sabías bien qué soy y como actúo conforme a mi naturaleza, aún así aceptaste llevarme upa. Vos sabías quien soy pero... por orgullo, por vanidad, para ser “canchero”, arriesgaste la vida”. Inmediatamente lo atacó provocándole una muerte instantánea.

Ahora bien, fíjense cuántas veces nos pasa esto, en diferente forma, por supuesto.
Hay quienes, para sentirse un poco más fuertes frente a otros, o simplemente porque otros lo hacen, empiezan a drogarse “un poco” (eso dicen), tomar alcohol (para estar más alegres), reaccionar con violencia (para que el otro se asuste un poquito) y comienzan a introducir, sin saberlo siquiera, dentro de un fuego abrazador, toda su vida.
- “No pasa nada” -dicen- “Esto es de onda”... y luego no lo pueden parar ni controlar. (Pasa con la droga como con el juego; también con el ansia de poder).
Cuando la vida te dice: -“Fracasaste”; ya no hay más tiempo para levantar la cabeza.
De esta realidad nos habla Jesús al explicarnos que busquemos nuestra fortaleza interior para manejar nuestra vida. Si uno tiene fortaleza espiritual las cosas se ven de otra manera, se viven de otra manera.
Recordemos siempre que somos hijos de Dios y el mundo es pasajero. No somos seres humanos luchando por una vida espiritual (muchas veces así lo pensamos) sino hijos de Dios que luchan en la tierra (en esta vida humana) para encontrar la felicidad divina. Jesús sabe de las tentaciones que rodean al hombre por eso nos dice: <> refiriéndose a todo lo material que nos tienta.
Él también fue tentado. El demonio le dijo: -“Si me adorás todo será tuyo... Si tenés hambre convertí esta piedra en pan... Vos sos poderoso”.
Pero Jesús, humilde y sencillo de corazón contesta: -<< El hombre no vive solamente de pan>> El hombre debe vivir con fuerza espiritual, paz interior, sabiduría interior, para poder encontrar su verdadera felicidad.
El Señor nos pide que miremos nuestro interior, que reflexionemos sobre cómo estamos manejando nuestra vida.
Esto quiere decir que seamos fuertes por dentro, grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos, valientes en la verdad, audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor e invencibles en la esperanza.

No busquemos en las cosas que ofrece el mundo esa felicidad que podemos encontrar dentro nuestro. No dejemos para mañana el construir un mundo en donde los sueños más nobles no se frustren, en donde reine el amor y la paz.

Con la fuerza de Dios, con la gracia y la sabiduría de Dios, que habita dentro de nuestro corazón aprendamos a vivir, no una vida limitada al tiempo y a lo terreno sino una vida que nos lleve a descubrir la eternidad.

Dios nos ayude.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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