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Revista Compartiendo (Enero 2017).
Abramos nuestro corazón a Dios para poder convivir en paz

Un joven estaba cuidando su auto, pasó un sacerdote y le dijo: “¡Joven, qué bien! ¡Te felicito! ¡Tu auto está impecable!” El joven contestó: “Si padre, yo soy muy prolijo, Todas las semanas dedico dos horas para dejarlo así. No solo hago esto con mi coche, también lo hago con mi ropa, mi casa, mi oficina; me gusta que todo esté limpio”.
El sacerdote intrigado preguntó: “¿Cuánto tiempo dedicas a cada una de estas actividades?”
“Todo el tiempo necesario”-contestó el joven.
Entonces el sacerdote volvió a peguntar: “¿Dedicas tiempo para limpiar tu corazón, de la misma manera?”
El joven se sorprendió ante la pregunta y comprendió que había olvidado asegurar que su corazón estuviese limpio y rompiendo en llanto dijo: “Es verdad, dedico mucho tiempo para que las cosas materiales brillen pero siempre me falta tiempo para limpiar mi alma”…
Justamente eso nos dice el Señor: “Prepárense para limpiar el alma, el corazón de cada uno”
Lo sucedido a este joven nos pasa casi siempre; muchas cosas nos ocupan: cocinar, lavar, limpiar… hacemos todo bien pero… todo lo exterior no significa nada si no tenemos un corazón limpio y puro. Entonces, dediquen tiempo para preparar su vida interior porque Dios puede llegar en cualquier momento a sus vidas. Si están preparados no será una sorpresa, más bien será una alegría; si no lo están, si no tienen disponible su interior, será un momento de pesar y confusión porque no podrán, disfrutar de esa paz y esa felicidad que brinda el compartir la gracia de Dios.
Jesús siempre nos invita a hacernos un tiempo para rezar y así descubrir el poder más grande de la vida: el poder de Dios que todos necesitamos para transformar y convertir nuestro corazón.
No sólo debemos pensar en cambiar sino dedicar un tiempo real a Dios para poder encontrar el sentido más profundo de nuestra vida y así la gracia y la bondad de Dios nos acompañarán siempre y en todo lugar.
No sé si recuerdan la historia de vida de Noé. Él y su familia estaban preparados, sabían que el Señor llegaría en cualquier momento y, cuando sobrevino el diluvio, ellos tenían una barca; los que no estaban preparados perdieron el camino de la vida.
Dios siempre recompensa al que se encuentra preparado con un corazón limpio y el que no lo está no recibe castigo, más bien se queda sin poder disfrutar de la bendición de Dios.
Nosotros muchas veces dedicamos mucho tiempo a las cosas materiales pero nos olvidamos que el que se deja llevar solo por lo material pierde y el que prepara su vida espiritual nunca pierde porque la gracia de Dios siempre está junto a él. Dios llega a nosotros en diferentes formas.
Cuando estamos enfermos, cuando estamos tistes, cuando estamos alegres o necesitamos algo siempre está presente y acompaña, cobija, respalda, sostiene. ¿Cuándo llega? No sabemos. En cualquier momento.
¿Cómo? La respuesta depende de cada uno. Dios no obliga a nada, solo pide que tengamos el corazón dispuesto, limpio y puro, que nos preparemos cambiando lo que haya que cambiar en nuestra vida interior para que Él pueda habitar en nosotros. En la Misa, al comulgar, cada uno lleva a Jesús en su corazón: a su casa, a su familia, a su hogar. Disfrutemos este momento.
Este tiempo nos invita a la convivencia, aprendamos entonces a convivir y compartir la vida. Estas fiestas nos reúnen y nos ayudan a convivir. Eso nos llena de fortaleza y gracia. Una sana convivencia es símbolo de eterna juventud.
Si no sabemos compartir nuestra vida es una fustación, sin darnos cuenta la vejez llega más rápido debido a la soledad y la angustia.
Pensemos en los que nos rodean, ellos también tienen su historia personal y necesitan de nosotros como nosotros necesitamos de ellos.
Que este nuevo año nos encuentre preparados para recibir a Jesús en cualquier momento con un corazón puro y dispuesto. Que la convivencia de todos los pueblos, naciones y familias sea plena de amor y sinceridad.
Que la honestidad sea el camino a seguir y la ayuda mutua sea la meta a alcanzar.
Que aprendamos a amarnos como Jesús nos enseñó porque donde hay amor hay respeto y dignidad.
Pensemos en descubrir lo que somos. Así como pensamos con quién nos sentaremos a la mesa pensemos también cómo haremos para dejar un lugar para Jesús en nuestro corazón.
Aceptémosnos con nuestros defectos y virtudes, y también tomemos decisiones para abrir el corazón a Dios. Dios vino a nosotros en Navidad para quitar nuestra ansiedad, para darnos toda la paz y el amor que necesitamos para compartir la vida. Corrijamos nuestros defectos con vigilancia, decisión y esperanza.
Ojalá Dios nos encuentre en cada instante en que lo necesitemos y así, con Él a nuestro lado, podamos iniciar un año diferente pleno de esperanza y confiando en cada ser humano que ha dispuesto su corazón para recibir a Jesús y vivir conforme a sus enseñanzas.
¡Dios te bendiga en abundancia! ¡Feliz año!
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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