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Revista Compartiendo (Junio 2012).
Crezcamos en nuestra fe...

Amigos: confiemos en Dios, en todo momento, porque Él siempre nos dará pautas para que comprendamos qué significa seguirlo y cómo debemos desarrollar nuestra vida como verdaderos hijos suyos.
Todos, desde el lugar en el que actuemos y desde el estado que hayamos elegido, somos llamados a vivir con disposición y entrega, encomendando nuestras acciones y obras a la gracia y voluntad de Dios, para que lleguemos a ser su reflejo y su instrumento en el mundo.
Cada ser humano, aunque todavía no se haya dado cuenta, tiene en sí mismo una función sacerdotal y profética para vivir y cumplir en este mundo con el objeto de colaborar en la construcción del Reino de Los Cielos. Vocación que deberá escuchar y atender las pautas de vida que Jesús nos brinda.

Por esto, es que Él nos dice:
«El que me ame, que tome su cruz y me siga».
Muchas veces, pensamos que “la cruz” significa nuestros sufrimientos, nuestro dolor; en realidad, es todo lo que vivimos a diario conforme a nuestra vocación; ya sea de padre, madre, empleado, patrón, hijo, novia o lo que nos haya tocado o hayamos elegido dentro de la realidad que nos rodea. En algunas oportunidades, el desarrollo de esta vocación se torna dura y compleja, en otras es fácil; pero sea como fuese necesitamos mucho de nuestra entrega, de nuestro desprendimiento y de un amor total hacia Dios para vivir nuestra realidad. Por eso, en alguna ocasión, Jesús nos dice:
«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará»
Uno puede pensar que Jesús nos está diciendo que tenemos que rechazar a todo y a todos pero ¡no es así! Está intentando explicarnos que si uno no logra desapegarse paulatinamente de las cosas sentimentales y materiales, nunca será lo suficientemente libre para desarrollar su vida y comenzar a entregarla para convertirse en su instrumento y su reflejo.
Por ejemplo: Si yo hubiese estado apegado a mis padres y ellos, a su vez, no hubiesen podido desprenderse de mí ¡ustedes no me hubieran conocido! ¡Nunca hubiese podido ser sacerdote!, mucho menos viajar tantos kilómetros lejos de mi casa y mi familia (Todavía estaría bajo su protección).

Es sabido que cuesta mucho aprender a desprenderse.
A diferencia de mis padres, hay otros papás y mamás que viven sobre protegiendo a sus hijos y no permiten que éstos crezcan. Lo hacen por amor o por miedo o por incertidumbre, pero lo cierto es que, sin querer, les están impidiendo encontrar y desarrollar su propia vocación. Por esto, es necesario que aprendamos a desprendernos (de la mejor manera) para que unos y otros puedan encontrar la felicidad plena y continúen compartiendo la vida con serenidad y alegría.
El desapego no nos aleja; nos permite ser libres y nos ayuda a amarnos más y mejor.
¡Es difícil de comprender y poner en práctica! Todos, de alguna manera, tenemos un por qué para decir que no, “todos” tenemos nuestras defensas (físicas y psíquicas) que nos hacen dudar y sentir miedo, para comenzar a asumir nuestra vocación como hijos de Dios.
Esto no nos pasa solamente a nosotros hoy, sino que sucedió a lo largo de los tiempos.

Veamos lo que le ocurrió a Moisés...
Cuando el Señor lo eligió para dirigir su Pueblo, Moisés comenzó a temblar: «¡Señor, tengo miedo! ¡Soy tartamudo! ¿Cómo haré para hablarles? ¡Elige a Aarón, él está más capacitado que yo!». Pero Dios le dijo: «Tú serás quien dirija a mi Pueblo».

Lo mismo sintieron grandes profetas como Jeremías o Isaías...
Cuando Isaías fue llamado para ser mensajero de Dios, escuchó la voz del Señor que le hablaba en su oído derecho.
¿Qué hizo?
Salió corriendo hacia la izquierda ¡Tuvo miedo! ¡Quiso esconderse del Señor!
Dios le preguntó: «¿Qué te pasa?». Respondió: «Señor, soy un hombre de labios y corazón impuros. No puedo realizar lo que me pides» El señor le dijo: «Yo purificaré tus labios y tu corazón ¡Siempre hay posibilidad de encontrar el camino!».
Si lo pensamos, a nosotros también nos cuesta mucho vivir nuestra vocación como hijos de Dios, nos cuesta mucho vivir el Evangelio. Pero, sí o sí, debemos superarnos desprendiéndonos de lo sentimental, lo material, lo social, para encontrar la libertad que nos permita vivir y desarrollar todo aquello a lo fuimos llamados.

¿Cómo?
Teniendo una confianza total en Dios y depositando en Él todo nuestro amor.
Así como Dios nos amó por sobre todas las cosas; también, en algún momento, los hombres tenemos que confiar en él y amarlo por sobre todas las cosas. Si no logramos esto, la vida no tiene sentido.
Insisto: ¡es difícil! A veces, nos sentimos como pichones en un nido (en el nido, que nos construyeron o construimos, estamos cómodos, protegidos). Les voy a contar algo al respecto.
Esto pasó en una familia de águilas (Saben ustedes que son aves que anidan en las montañas más altas). En esta familia había tres aguiluchos.
Cierto día, mamá águila dijo: «Hijos ya es hora de que aprendan a volar». Toda la familia se dirigió entonces al borde de un precipicio: «Bien, ahora ¡intenten volar!». Los tres miraron hacia abajo... se miraron entre sí y... ¡rápidamente regresaron al nido diciendo: «¡Papi, mami, aquí adentro se está mejor!».
A veces nos pasa lo mismo: el miedo, la incertidumbre, nos impiden avanzar ¿no? Pareciera que nos falta autoestima y, por lo tanto, siempre estamos “prendidos”, pendientes y dependientes de alguien o de algo. ¡Nadie puede vivir así, ni los padres, ni los hijos! Puede resultar chocante pero... es necesario aprender a ser libres responsablemente. (claro que... a veces... cuando uno lo intenta “el precipicio” es grande y... uno “pega la vuelta” ¿no?).
Continúo con la historia: Papá y mamá águilas llevaron nuevamente a sus hijos al borde del precipicio: «Chicos... ¡empiecen a volar!».
Uno de los aguiluchos dijo: «¡Mami, tengo fobia!». (A muchos les pasa esto ¿no?)
Hoy en día es más fácil decir “tengo fobia”, que vivir. Es más fácil quedarse dentro de cuatro paredes que salir al mundo, pero sucede que, cuando nos damos cuenta, ¡hemos frustrado treinta años (o más) de nuestra vida y no hay marcha atrás!
Otro de los hijos dijo: «¡Mami, tengo vértigo!». El tercero, finalmente, gritó: «¡Tengo miedo!».
Mamá y papá águilas dijeron: «Hijos, siempre estaremos con ustedes ¡Nunca vamos a abandonarlos hasta que puedan volar por sí mismos! ¡Tírense sin ningún miedo! ¡Nada va a pasarles, ustedes pueden hacerlo porque fueron creados para esto!».
Las tres criaturas confiaron y lo hicieron: Uno de ellos pudo volar inmediatamente; otro, tuvo algunos inconvenientes; el tercero, debido al miedo que tenía, no pudo abrir sus alas...
Los padres, que miraban desde lo alto, se lanzaron rápidamente al precipicio y, pasando por debajo de los aguiluchos que no habían podido volar bien, abrieron sus alas para que éstos pudieran apoyarse sobre ellos. Así, los regresaron al nido. Repitieron esto hasta que, por fin, los tres aprendieron a volar. «¡Qué hermoso» -dijeron los pichones- «Ahora podemos subir a las montañas sin miedos ni angustias. Tenemos la seguridad de que papi y mami estarán a nuestro lado cada vez que nos equivoquemos».
(Esto mismo hace Dios con nosotros: Él siempre está dispuesto a “abrir sus alas” para que descansemos en Él).

Amigos: confiemos en la gracia de Dios. En la vida hay muchos desafíos que tenemos que enfrentar y asumir. Siempre vamos a encontrarnos con momentos “duros” en los que sentiremos que no podremos sobrellevarlos (enfermedades, problemas sentimentales, preocupaciones). Pero el Señor nos dice: «Siempre estaré con ustedes. ¡No tengan miedo de vivir!».

La fe, la confianza que ponemos en Dios; el amor que nos cuida, nos dan alas para que volemos sin miedos ni angustias; sabiendo que Él siempre está, más allá de lo que pueda pasar. Recuperemos esa confianza y recordemos que “para que nazca el amor, hace falta confiar”.

Nunca olviden: Si, en algún momento, caemos; Dios siempre tiene abiertas sus manos para que reposemos en ellas y aliviemos nuestro dolor, para que podamos seguir llevando nuestra cruz de cada día.

De esta manera, Jesús nos recuerda: «El que me ama, que tome su cruz y me siga». Hagámoslo (sin resentimientos y sin “broncas”) sabiendo que, con nuestra fe en el Señor, siempre tendremos la gracia de aprender a volar como las águilas y, sobrevolando sobre el mundo, sin temor y con paz, encontrar la felicidad.
Pidamos al Señor, este mes y siempre, la gracia de crecer en la fe.

EDITORIAL REVISTA COMPARTIENDO | JUNIO 2012
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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