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Revista Compartiendo (Diciembre 2016).
La paz puede lograrse si cada uno de nosotros pone buena voluntad

Cuando llegue Nochebuena escucharemos hablar sobre la promesa de Dios. Aquella que hizo a Abraham y a su descendencia, al prometerles un Salvador.
Desde siempre el misterio de Dios ha querido que el hombre comparta con Él su majestad y su gloria. Por eso nos creó y nos trajo a este mundo. Pero cuando el hombre decidió elegir lo terrenal, Dios sintió un vacío en su corazón. Y, aunque el hombre defraudó sus sentimientos, Dios le prometió un Salvador que traería una Vida nueva que volvería a darle, en el espíritu, la seguridad de ser Su hijo.
Ese espíritu de vida nace en el corazón de cada ser humano cuando descubre el amor de Dios que se manifiesta (hoy, mañana y siempre) en cada Navidad, para que nosotros, a través del Niño Jesús, conozcamos la plenitud de su misericordia y su paz.
Cuando descubramos ese amor infinito que se nos brinda incondicionalmente; no por nuestros méritos, sino por su gran bondad, descubriremos también nuestra propia dignidad.
Hoy, para todos, hay una luz que brilla sobre este mundo para iluminar el camino. Jesús trajo esa luz con mucho sacrificio y mucho riesgo; porque Navidad no es sólo el día en que nació un niño, también es el día en que ese Niño comenzó a caminar hacia el calvario, para darnos la libertad y la dignidad como hijos de Dios.
Muy pocas veces pensamos en esto, y es algo muy importante: Jesús trajo una gran esperanza pero también pasó por grandes riesgos (en su propia vida y junto a los que lo rodeaban).
Nosotros también, alguna vez en nuestra vida, hemos atravesado conflictos llenos de peligro e inseguridad.
No sé si escucharon, en alguna ocasión, un hecho sucedido durante la Segunda Guerra Mundial; les cuento:
Un portaaviones se encontraba rodeado por submarinos enemigos. El comandante de la nave sabía que no podía encender las luces del portaaviones pues, si lo hacía, pondría en peligro la vida de sus tripulantes.
Sucedió, entonces, que un avión que sobrevolaba la zona necesitó aterrizar. Pero no podía hacerlo ya que la pista del portaaviones estaba a oscuras. El avión ya no tenía combustible. La situación era apremiante.
El capitán del portaaviones tenía que tomar una decisión: ¿encendía las luces o no? Si lo hacía y eran descubiertos, tanto el piloto que estaba en aire como los tripulantes de la nave, podían morir. Por otro lado, no podía dejar que aquel hombre muriera.
Al fin tomó una determinación: iluminó la pista. Sólo fueron segundos... el avión aterrizó y todos salvaron sus vidas.
Jesús se entregó del mismo modo a nosotros, afrontando los mismos riesgos
(Los grandes poderosos de aquel tiempo, a nivel político y social, estaban en contra de su mensaje, no querían que el hombre recuperara su dignidad).
Al igual que aquel avión, la humanidad “volaba” sin recursos y necesitaba un “aterrizaje de emergencia”. Por eso, a pesar de todo, la luz de Jesús brilló, iluminó la tierra con su gran amor, y lo hizo... sólo para salvarnos.
Si en estos días nos tomamos un ratito de tiempo para leer el Evangelio, veremos que los pastores, en aquella ocasión, buscaban esa Luz que los guiara para poder asegurar la paz y la dignidad de sus vidas.
Hoy, muchos de nosotros, ni siquiera nos damos cuenta de esto porque la humanidad cuenta con derechos y cada uno es respetado en su manera de vivir y de hacer las cosas. Pero no olvidemos que, cada uno de nosotros ha sido, y es, amado y cuidado, a través de esa luz que Jesús hizo brillar, para que siempre podamos encontrarnos con la gracia y la bondad de Dios.
Nochebuena es un momento hermoso, no sólo para reflexionar en la paz que nos trae “esta luz que brilla en las tinieblas”, también es un gran momento para abrir nuestro corazón para que Dios “aterrice” en él.
Si descubrimos a este Dios que está con nosotros, que quiere nacer en nosotros y morar en nuestro corazón; si iluminamos nuestra vida, seguramente Él llegará. Porque jamás se niega cuando un ser humano abre las puertas de su ser interior para recibirlo.
Durante todo este mes y especialmente en Nochebuena asumamos un compromiso (como redimidos, amados, salvados por Cristo): “llevar la luz de la esperanza y de la paz a todos los lugares en donde compartiremos la Navidad”.
Recordemos: ¡Todos somos portaaviones! Y podemos encender una luz para salvar.
Hay muchos lugares, en el mundo, en donde las guerras, el odio, las divisiones y la bronca, hacen que la paz y la dignidad del hombre, corran riesgos. Por eso, cada uno de nosotros debe ser un “portaaviones” dispuesto a iluminar a aquellos que necesitan descubrir la luz de Dios...”aterrizar”, recuperar la paz,...volver a vivir.
La Navidad no es sólo una fiesta “para comer, beber y pasarla bien”. Es una celebración que nos llama a recuperar nuestra propia dignidad, nuestro espíritu de hijos de Dios y nuestra conciencia, para vivir en paz.
Seguramente, en este día, recordemos muchas cosas (peleas, discusiones, odios, broncas y amarguras que aún están en nuestro corazón). Justamente, Jesús llegó para mostrarnos los pasos a seguir para alcanzar la verdadera paz y dignidad.
La luz de Cristo debe irradiarse. Si cada uno de nosotros ilumina un poquito, la Navidad será “nueva”. La luz de Jesús podrá llegar, a cada corazón, por nuestro intermedio.
Hagamos de esta fiesta un tiempo de reconciliación, paz y perdón.
Cuando elevemos nuestras copas para decir: “¡Feliz Navidad!”, hagamos lo que Jesús hizo con nosotros: Aunque éramos pecadores, indignos y culpables de muchas cosas, Él mostró misericordia, comprensión y perdón. ¡Hagamos lo mismo!
Recordemos lo que Él dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. La paz puede lograrse si cada uno de nosotros pone buena voluntad.
Pidamos a Dios que nos dé humildad y sencillez de corazón para que podamos disfrutar de una hermosa Navidad. Que el Niño Jesús ilumine nuestro corazón, nuestros pasos y nuestro mundo para que podamos vivir dignamente, como hijos de Dios.

¡Muy feliz Navidad!

Padre Ignacio Peries
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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