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Revista Compartiendo (Noviembre 2016).
Valores e ideales claros, transmiten esperanza y vida

Todo el mundo busca ser feliz pero, si realmente queremos logarlo, tenemos que forjar en nuestro interior ideales y valores que nos conduzcan hacia el destino que buscamos. Ese destino tiene que estar bien definido dentro nuestro porque es lo que nos proporcionará la felicidad que buscamos.
La felicidad no existe en lo material, sentimental o terrenal tan solo, va más allá de todo esto y recompensa a la vida terrena con la eternidad.
Muchas veces nos olvidamos que la vida es eterna. Por eso, a veces, buscamos soluciones o propuestas parciales para poder definir, disfrutar o sentir un momento. Y nos equivocamos.
Si realmente deseamos tener una vida feliz, digna, tenemos que tener claridad de valores, seguridad sobre aquello que buscamos y suficiente capacidad para definir y aceptar el camino que conduce a la vida.
Tengamos en cuenta que los valores y los ideales cambian, a través de nuestra historia personal, según la etapa que estemos viviendo y la responsabilidad que sumamos sobre aquello que realmente proyectamos para nuestra vida.
Los valores que teníamos durante la infancia no serán iguales a los de nuestra juventud. Cambian permanentemente. Con esos cambios a veces nos sentimos cómodos y otras incómodos. Es difícil. En ocasiones nos sentimos obligados a concretar algo, perseguidos, pero es la propia naturaleza de la vida la que nos exige claridad en los valores a poner en práctica. Es un proceso difícil pero natural.
Vamos a un ejemplo: una madre que cuida sus hijos siempre quiere darles lo mejor: protección, abrigo, amor, comida, salud. También el niño que convive con su madre tiene como ideales de su pequeña vida esa protección ese afecto, ese calor. Pero sucede que, cuando el niño crece, sus necesidades cambian. Al principio fueron solo el amor, la paz y luego comienza la educación, independencia, la necesidad de decisiones propias y con ellas el primer desprendimiento de papi y mami.
Todo desprendimiento es difícil pero, por naturaleza, debemos hacerlo, sí o sí,
Los signos que nos brinda la propia naturaleza sobre esta realidad son increíbles.
Pensemos en las águilas: cuando tienen como ideal brindar protección y seguridad a sus pichones preparan un nido mullido como un colchón, seguro, firme pero con plumas, algodón, hilos y hojitas.
Cuando el pichón empieza a crecer y ya tiene edad para volar, ¿qué hacen? Retiran del nido todo lo que significa comodidad. Sacan las plumas y dejan solo palitos. El pichón se empieza a sentir incómodo, hasta se puede lastimar, le cuesta estar acostadito; es entonces cuando los papas le proponen como ideal aprender a volar.
Cuanto más grandes son los pichones más incómodos se sienten en ese nido que solo tiene palitos, entonces esa realidad de sufrimiento y molestia los obliga a volar. ¡Cuesta alcanzar los ideales pero la vida nos obliga a encontrarlos! Así como las águilas tienen que aprender a volar y ser libres, el ser humano también tiene que crecer y aprender a usar de su libertad con responsabilidad.
Este proceso siempre cuesta lágrimas. Si no se tienen los valores adecuados es difícil controlar nuestra propia conducta, porque la definición de nuestra personalidad y nuestra dignidad se encuentra en los valores e ideales que poseemos. No podemos vivir bien sin ellos. El ser humano sin ideales no tiene motivación para disfrutar y descubrir algo mejor cada día, no encuentra el verdadero sentido del vivir.
Puede pasar que, después de mucho luchar, consideremos que ¡al fin! nos hemos encontrado con nuestros ideales y valores pero a su vez debemos preguntarnos si estamos dispuestos a mantenerlos, a sostenerlos.
Es fácil encontrar lo que se estaba buscando y decir: “Bueno. Ya llegué”, pero no basta. Hay muchas cosas que acompañan a ese arribo.
Como ideal de mi vida encontré mi sacerdocio pero, cuando descubrí que lo había encontrado, me dijeron: “Esto existe en Londres, 7000 km lejos de tu casa”.
Allí apareció la exigencia propia del destino elegido: “¿estaba dispuesto a renunciar a mi familia, mi cultura, mis amistades, sentimientos y viajar hasta ahí? ¿Estaba dispuesto a arriesgarme a conocer lo nuevo: idioma, costumbres? Los valores exigen mucho pero si uno responde, aunque tenga que hacer sacrificios, es increíble cómo logra la felicidad.
Concretar nuestros ideales exige grandes sacrificios, pero también se obtienen grandes recompensas.
No podemos alcanzar lo que buscamos sin renunciar, sin desprendernos, sin tomar decisiones.
A veces uno dice: “Lo encontré pero… me cuesta desprenderme de un montón de cosas”.
Otras veces decimos: “Encontré el hombre/ la mujer que realmente buscaba en la vida; me quiere, me da todo”.
Pero ¿vos estás dispuesto a renunciar a tu familia, tus amigos, para convivir con él/ella toda la vida? Ahí está; uno quiere vivir todo, pero el que quiere vivir todo nunca tiene ideales claros. Uno quiere picotear por todos lados y decir: “Por supuesto que tengo ideales”. No es así. No se puede “picotear” cuando hay ideales, sí o sí debemos dirigirnos hacia ellos.
Son momentos que pesan, difíciles, no se quiere tomar decisiones. Para poder lograrlo se necesita coraje, decisión y sobre todo claridad: Es algo que nos falta. Sabemos qué queremos pero no lo tenemos claro. Sabemos qué buscamos pero no queremos tomar decisiones.
La indiferencia y la indecisión solo ponen trabas para el logro de nuestros ideales.
Definir, saber qué buscamos y luchar por ello nos acerca a la felicidad. Aunque, en pos de nuestros ideales, tengamos que sacrificar muchas cosas, realmente, uno se siente realizado.
Recuerden: nuestros valores identifican nuestra persona, definen quienes somos. Especialmente cuando los demás miran tu accionar, te admiran y hablan de vos.
No hagamos nunca nada para que los demás nos admiren hagámoslo para que nos puedan identificar sin demasiadas palabras. No es necesario que hablen de nosotros pero sí que nuestro paso por el mundo deje huellas positivas, de amor y respeto.
Los niños, generalmente no se equivocan; no tienen grandes estudios, no son psicólogos pero, exactamente, pueden describir a papá y mamá. ¿Saben por qué? Porque captan los valores y los ideales que dejan traslucir, con sus actitudes, los adultos.
Quien posee valores altos no lo puede ocultar, lo mismo sucede con quien no los posee.
La dignidad y la esperanza se transmiten y eso va forjando su futuro. Cuidado, también la violencia se transmite y eso daña y trunca el mañana.
Uno suele creer que los chicos necesitan llegar a tener veinte años para poder definir a papá o mamá. No es así. ¿Escucharon alguna vez a sus hijos? A veces, un poco en broma, yo les pegunto a los chiquitos: “¿Cómo es papá? ¿Cómo es mamá?” y me sorprendo. Ellos cuentan con soltura como pegó papá a mamá, como la insultó. Algunos me dicen: “padre rece, rece mucho, para que papá trate bien a mamá; que no peleen; rece por mi vecino que es violento” y tantas otras cosas.
Aún teniendo grandes valores nos podemos equivocar pero, si así sucediera, el mundo nos conocerá, no por nuestra equivocación sino por nuestros valores, entonces nos perdonará, nos aceptará y nos comprenderá, porque siempre vio que nuestros ideales fueron justos, claros y sanos.
Amigos ideales y valores claros transmiten esperanza y vida.
Es cierto que cuesta mantenernos en lo que elegimos o decidimos pero no es imposible.
Pidamos a Dios la gracia de recuperar valores e ideales que nos conduzcan y nos brinden una identidad propia y mejor, cada vez, para vivir dignamente y en paz.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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