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Revista Compartiendo (Agosto 2016).
Aprendamos a aceptar y a vivir sin resentimientos

Nuestra forma de pensar y de actuar cambia cuando uno acepta, sin resentimientos, la realidad de la vida. Uno se siente diferente, vuelven la paz interior y la alegría de vivir. Pero no es fácil poner en práctica esto según lo que nos toca y según como manejamos los sentimientos y las emociones, sobre todo los impulsos.
Si somos orgullosos, vanidosos, poderosos, cuesta más pero... si vos sos simple, sencillo, humilde, para vivir la realidad de tu vida; ¡es increíble!, como cambia hasta la expresión de tu cara.
En la infancia y/o la juventud, a veces nos cuesta aceptar la pobreza de nuestros papás, su ignorancia. Hay chicos que se niegan a reconocer a sus padres. Los ignoran porque papa y mamá no saben leer ni escribir, porque papá y mamá son pobres. Hay chicos que dicen: “Yo no invito a nadie a mi casa porque soy pobre”. Nunca tengan vergüenza porque tu pobreza no es mala ni contagiosa. Vos sos lo que sos y vales mucho. Ser pobre no significa vivir en la suciedad. Porque existe jabón y agua y hay que aprender a usar las cosas más simples de la vida para demostrar que, a pesar de los inconvenientes, se puede mantener la dignidad. La pobreza no está en el bolsillo. La pobreza existe cuando vos no sabes manejar tu propia cabeza. Pobreza sensual, moral, pobreza de dignidad, eso es ser pobre.
Muchas veces me digo: qué hermoso es tener papi y mami que no saben leer ni escribir pero supieron darle una educación a sus hijos y esos hijos llegaron a estudiar y avanzar y hacer una hermosa carrera. Algunos conozco que llegaron a ser médicos, ingenieros, contadores... pero luego, lamentablemente, olvidan esto y tienen vergüenza de mostrar a sus papás. Es un error enorme. Una gran tristeza.
Jamás tenemos que tener vergüenza de nuestros papás porque no saben leer ni escribir o son pobres porque, a pesar de su pobreza, nos dieron la posibilidad de educarnos. Esos son valores, esas son cosas para destacar y proclamar: “Aunque no tenías me diste lo mejor”. Cuántos papas limpian calles para educar a sus hijos. No hay que tener vergüenza de ningún trabajo digno. Si sos pobre, demostrá tus valores. Porque los tenés. Es así.
Yo tuve un amigo cuya mamá era paralítica y no tenía silla de ruedas. Esa mujer, a pesar de sus limitaciones, cocinaba para todos y cuando llegaban a casa siempre había un plato de comida caliente para todos. ¡Me gustaba ir a visitarlos! No tenían ni sillas para sentarnos solo un banquito que poníamos afuera donde habían plantado arbolitos que daban fruta y habían armado un pequeño jardín. Comíamos de esas frutas y disfrutábamos.
Este chico nunca tuvo vergüenza de que viésemos a su mamá sentada en el suelo porque no tenía silla de ruedas. De ellos aprendí muchas cosas, sobre todo la humildad y la paz; esos son los tesoros más preciados de la vida. No era la plata lo que importaba era la unidad, la paz y la dignidad que esta familia tenía.
Por eso repito: nunca tengan vergüenza de aceptar y mostrar lo que se posee, sobre todo si eso que se muestra son los valores que hoy el mundo entero necesita: humildad, paz interior, comprensión, ayuda mutua, acompañamiento. Aceptar la realidad sin resentimientos es maravilloso. Nosotros, con todo lo que pasamos en nuestra vida podríamos estar llenos de bronca contra la sociedad que nos rodeaba. Pero ¿qué nos decían siempre nuestros padres? “Chicos; sin resentimientos. Ustedes pueden demostrar que pueden vencer esa bronca del momento sin agresión, sin violencia. Sabiendo que no hay cosa más valiosa que ayudarnos unos a otros sin faltarle el respeto a nadie; sin abusar de nadie. Sabiendo que mis derechos terminan cuando comienzan los de las otras personas y que todos, absolutamente todos, tienen los mismos derechos. Y también los mismos deberes”. ¡Qué hermoso!
Papi y mami forjaron nuestras vidas de la mejor manera posible y nosotros aprendimos a vivir. Hoy se ve todo tan difícil. Hay tanta violencia y rencor. Por eso les pido a los papás que saquen el resentimiento de sus hijos. Llénenlos de paz para que la puedan transmitir más allá de los momentos bravos que les toque vivir. La violencia no conduce a nada solo genera más violencia y llega un momento en que no se puede parar. Entonces nos preguntamos: ¿qué pasó?... Se perdió todo, hasta la propia vida.
También los educadores, ellos pueden tratar de ayudar a esos niños que por maltrato, resentimiento o bronca tienen reacciones inapropiadas y se dañan entre sí o se burlan de alguien hasta hacerle daño psíquico y/o físico. Tienen que tratar de ayudar a sus padres a comprender la situación, a aceptar la realidad, y a recuperar la dignidad perdida. Se puede. Es difícil pero se puede, con comprensión, con amor, con tolerancia. Cada granito de arena que se aporta para un cambio interior mueve los engranajes de todo el mundo y colabora con la transformación deseada. El maltrato suele provenir de parientes, amigos, vecinos, hasta algunos profesores. Muchos son los que pueden, a veces, tratarnos de alguna forma que no nos guste pero si nosotros manejamos el resentimiento y lo superamos nada nos puede dañar. Es el otro el que queda con su propia maldad interna. No nosotros. Vivir sin resentimiento demuestra nuestra madurez, el potencial que tenés para resolver la vida.
Seamos prudentes, todo se puede superar sin mendigar, sin dañar. Cuando alguien te insulta: no insultar; bendecir. Cuando alguien quiere herirte con palabras: contestar con prudencia, sensatez y agradecimiento. Mis papás siempre decían: “Aprendan a decir: disculpe señor, gracias; permiso señor”. Cuando alguien al pasar insultaba nos repetían: “Sigamos, no hay problema”. Nosotros pensábamos: “es cosa de locos”, porque no alcanzábamos a comprender cómo no reaccionaban dando rienda suelta a sus impulsos primarios.
Nosotros hemos sufrido un montón de cosas a nivel social, judicial, injusticias, todo... pero resentimientos nunca tuvimos. Saben que aprendimos a decir: “Gracias a Dios superamos todo y somos felices”. Esta es una gracia que Dios nos regaló a todos, a mis hermanos y a mí, ya que al no tener resentimientos con la vida vivimos en paz.
¿Tuvimos problemas? Sí. Muchos. Por ejemplo la primera casa en que vivimos fue mal construida y se nos vino abajo. Papá gastó todo lo que tenía con la ilusión de tener una casita linda y cuando fuimos a vivir duró seis meses. Mis papás no fueron a pelear y discutir. ¿Saben qué hicimos? Rezamos. Le pedimos a Dios que nos dé lo que Él considere lo mejor para cada uno de nosotros. No importó cuánto nos perjudicaron, no importó que nos robaran rezamos todos los días para que Dios nos dé la gracia de levantar la cabeza.
¿Nos ayudó? Sí. Pasaron 3 o 4 años pero todos pudimos estar bien, con fuerzas. Fue duro pero salimos adelante. Hubo que hacer sacrificios pero la vida es así. Hoy todos mis hermanos tienen su propia casa porque aprendimos a aceptar.
Lo mismo sucede a nivel familiar queremos resolver conflictos con costumbres predeterminadas. Si hay problemas en el matrimonio enseguida separación y juicio, buscamos la parte legal. Interprétenme bien, a veces es necesario pero cuántas cosas se pierden en el camino. Cuántos padres no dejan que la mujer o el esposo vean a sus hijos. Papá-mamá viene a ver los chicos y no puede porque está prohibido. Por ahí no lo dejan ver porque no pasa plata para mantención. ¿Qué es lo más importante, la plata o los hijos? Por otra parte si vos querés tener hijos mantenerlos es una obligación moral. En realidad la pareja es la que discutió y no pudo, ni supo, resolver sus diferencias y se termina casi jugando con la felicidad y el futuro de los hijos.
¿Qué es lo se logra a largo plazo? Confundir a los hijos. Ellos no alcanzan a comprender quien tiene razón... y sufren. Los hijos vienen al mundo porque se decide tenerlos. Que siempre, siempre, sea con amor.
Busquemos soluciones como adultos responsables, adultos que algún día, a pesar de los conflictos, puedan decir: “Es verdad, nos hemos equivocado en muchas cosas pero nunca nos faltamos el espeto unos a otros”. Si hay que pasar por malos momentos, así será, pero siempre utilizando los mejores recursos que les permitan a todos, padres e hijos, vecinos y amigos, vivir con respeto y paz, sin ningún tipo de violencia, ni física ni psicológica ni emocional. Confiemos en la sabiduría de la vida que nos da pautas para actuar; nos da prudencia para resolver; nos ayuda a aceptar la realidad, y las situaciones complicadas, con dignidad y pensando tan solo en hacer el bien unos a otros.

Dios nos ayude.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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