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Revista Compartiendo (Julio 2016).
El tiempo saca a la luz las cosas ocultas

Para ver las cosas con claridad tomate el tiempo necesario. No te apures. No seas impulsivo. No seas impaciente. Tres puntos que siempre tenemos que manejar con mucha prudencia. Para tomar decisiones o entender las cosas bien uno tiene que tomarse todo el tiempo necesario hasta que ha discernido o está capacitado para tomar decisiones.
¿Por qué? Porque el tiempo saca a la luz las cosas ocultas; las cosas que no salen en el primer momento, las cosas que nos obligaron o exigieron una decisión.
Entonces ¿qué pasa? Todos los secretos, todos los misterios, todos los miedos, todas las cosas ocultas necesitan tiempo de discernimiento, no se olviden. Esto es algo que tenemos que manejar con mucha prudencia. A veces uno dice: “no necesito tiempo, ya estoy preparado”. Sí, puede ser que estés preparado pero la vida es un misterio. Las preguntas y respuestas que siempre vienen detrás de una decisión, pueden recompensarte o castigarte. Si te equivocaste no hay vuelta. Recién entonces te das cuenta que debiste tomarte todo el tiempo necesario para decisiones maduras, responsables y conscientes, para no equivocarte en las grandes cosas que afectan tu vida.
No quiere decir que si actuamos así no podemos llegar a equivocarnos pero al menos evitamos las grandes equivocaciones producto del primer impulso y los demás no pierden confianza en vos, ni en tus respuestas ni en tus acciones.
Siempre recuerdo cuando, siendo profesor, enseñaba matemática. Los chicos me preguntaban cosas y yo tenía que responder, explicar, y mis respuestas, de alguna forma también dependían de la inteligencia de ellos, de su desarrollo intelectual. Los chicos preguntaban y yo nunca respondía enseguida, siempre decía: “primero terminamos el tema de hoy y en los últimos 10 minutos me hacen todas las preguntas que quieran”. Y así lo hacían. Había preguntas para las cuales no estaba lo suficientemente preparado como para responder porque siempre quise estar seguro para hacerlo. Entonces anotaba todas las preguntas y ¿Por qué no respondía? Porque podía equivocarme y confundir a mis alumnos con una respuesta errónea. Me llevaba las preguntas a casa y, una por una, buscaba las respuestas correctas. Me interiorizaba, preguntaba si algo no estaba a mi alcance, me orientaba bien para dar una respuesta adecuada. En la próxima clase lo primero que hacía era responder todas las preguntas y, a veces, utilizaba la clase entera para explicar cada una.
¿Qué pasó? Ellos confiaban en mí. Ellos sabían que lo que yo estaba diciendo era lo correcto y yo sabía bien que lo que estaba transmitiendo era parte de la seguridad de ellos, de su futuro. Esto forma parte de ser pacientes antes de tomar una decisión. Cuando respondemos algo, cuando realizamos algo, no solamente depende nuestra felicidad de esa respuesta o posicionamiento; las repuestas que damos impulsivamente sin prepararnos también pueden perjudicar a los demás. Por eso digo que es importante ante cualquier realidad, antes de tomar una decisión, tomarse el tiempo necesario para pensar.
El tiempo resuelve muchas cosas y además te da serenidad y paz para decidir de otra forma. Ustedes saben bien que, a veces, somos muy impulsivos. Accionamos con odio, bronca o venganza, según la persona que nos pregunta. Si por casualidad es una persona que exige una respuesta o puede ser una persona desagradable por sus criterios, ¿qué pasa? Podemos considerar que no es importante y contestar así no más pero si nos equivocamos es muy duro. Podés destruir la vida del otro. Además, cuando uno se tranquiliza, lo que pensaste que te iba a complicar la vida se siente menos importante, algo que creíste que te era tan necesario, con el tiempo, te das cuenta que era una pequeñez. Tuviste una discusión con tu mujer, marido, tu hija, hijo, con tu papá, mamá y te quedaste con la cabeza llena de miedo, confusión y angustia y por ese miedo y esa angustia por desesperación, uno contesta mal. Pero si te tomás tiempo la serenidad entra en tu ser, la reflexión llega y, mucho más tranquilos, ya no vemos más el conflicto como un obstáculo. Una vez que pasa el tiempo uno dice: “¿Será posible? cómo me rompí la cabeza, cómo me desgarré todo pensando tanto y era una tontería”.
¡Cómo son las cosas! Cuando uno es impulsivo, impaciente, se torna incomprensivo e incompresible; se ve todo como una guerra, todo mal, todo negativo. Cuando estás tranquilo decís: “qué estupidez ¿cómo pude perder la paciencia?”
Verdad. Uno mismo se da cuenta porque el tiempo aclara muchas cosas. El tiempo que nos da la paciencia de pensar también nos da respuestas diferentes.
Las decisiones que tomamos apurados muchas veces son producto de la bronca y la impaciencia; las tomamos sin pensar lo bueno o lo malo, solo para demostrar que somos capaces de decidir, que tenemos el poder de decidir, que somos los más importantes.
Fíjense cuántas veces por orgullo o vanidad se pierden grandes posibilidades de la vida. Por ejemplo: vos estás discutiendo con alguien y en un momento decís: “mandate a mudar de acá”. Son palabras que nacen de la agresión y el odio del momento, pensando que vos vas a resolver las cosas después. Igual cuando das una cachetada pensando que no va a pasar nada. Esa misma cachetada te deja solo; hasta podés perder la familia. Eso es impulso, eso es no pensar, es dejarse llevar por las emociones.
Cuando hay conflictos, cuando hay que tomar decisiones… ¿qué debemos hacer? Sentarnos y mantener un diálogo. Si es posible con la persona que tiene que darte una respuesta. A veces no somos conscientes del valor del diálogo, el valor de escuchar al otro, de analizar, de pensar. Es verdad. Porque, frecuentemente, uno toma una decisión desde el punto de vista propio pero se olvida que el otro también tiene su punto de vista, sus sentimientos, su razonamiento y, si uno escucha, puede cambiar de opinión, puede aparecer otra forma de resolver las cosas porque ya se tiene una visión más amplia.
Cuando vos decidís algo rápido tu visión está limitada; limitada por la impaciencia, bronca, resentimiento o por el hecho de desplazar las cosas. Cuando sos impaciente, tenés miedo y actuás con agresión no pensás. Por eso alguien me dijo una vez: “le dije a mi mujer mandate a mudar, no te quiero ver más, pero no era esa mi intención, no me imaginaba qué pasaría”. Cierto. Posiblemente lo dijiste para que se callara la boca pero ¿qué pasó? Agarró las cosas y se fue. Perdiste todo. Después, cuando uno se calma dice: “caramba ¿qué es lo que hice?”
Así nos pasa con el apuro. Por cinco minutos de impaciencia perdemos grandes amores, grandes valores, grandes luchas y sueños que hemos construido a lo largo de la vida.
Por eso Jesús nos dice: Felices los pacientes. Tener paciencia para pensar, paciencia para analizar, paciencia para calmar la vida impulsiva, para tomar una decisión mejor porque, siempre recuerden, el miedo, la angustia, la necesidad, las exigencias nos hacen sentir que estamos obligados a tomar decisiones y está bien que lo hagamos pero con sabiduría. La sabiduría del hombre se demuestra cuando sabe hacer cosas con prudencia, escuchando su propia conciencia y la conciencia del otro, cuando resuelve a través del diálogo, a través del respeto, y todo esto con mucha humildad.
La sabiduría de la vida es así: saber hablar, saber escuchar, saber decidir, con gran humildad. Reconociendo los límites y solo tratando de hacer el bien.
Hoy pidamos a Jesús que nos colme de sabiduría divina para saber obrar, en cada ocasión, con paciencia y madurez. Dios te ayude.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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