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Revista Compartiendo (Junio 2016).
El valor de nuestras lágrimas

Hoy vamos a tratar de contemplar, analizar y comprender los valores que encierran nuestras lágrimas.
Ustedes saben bien que solamente los seres humanos que lavaron sus ojos con lágrimas son los que lograron ver la felicidad de la vida; tener una visión más amplia, más profunda, diferente y auténtica de ella.
Para empezar hay una hermosa reflexión en la Biblia que dice: “El que siembra siempre lo hace con lágrimas”. ¿Qué quiere decir esto? : Que tiene que hacer muchos sacrificios para sembrar la vida buena, sembrar semillas y esperar que éstas den buenos frutos. Cuesta mucho. Por eso estas palabras de la Biblia vienen bien.
La gente de campo siembra gastando mucha energía, siembra con angustia y preocupación, pensando en si viene la lluvia o no; siempre llorando en espera de resultados positivos.
Ahora vamos a otra frase de la Biblia: “el que siembra con lágrimas cosecha con lágrimas”. Es cierto. Emprender algo ¡cuesta! Y por otro lado cuando se tiene la posibilidad de cosechar, como sucede en el campo, a pesar de todos los sacrificios, angustias, gastos, problemas con los vecinos, etc. cuando llega la cosecha abundante la gente se pone contenta y derrama lágrimas pero de alegría. Es verdad. ¿Por qué? Porque la vida es así. Es un gran desafío para saber si somos capaces de “manejar” nuestras lágrimas.
Esas lágrimas nos muestran que todo ser humano está llamado a “pagar derecho de piso”. Y esto es lo más difícil de entender. Porque, a veces, uno quiere lograr cosas grandes, piensa que todo resultará fácil y no somos conscientes que cada cosa tiene y exige responsabilidad y nosotros queremos alcanzar grandes proyectos, hasta los puestos de más poder, pensando que con eso las lágrimas desaparecerán porque llegando “allí” se resuelve todo.
Al contrario, todas y cada una de las cosas que suceden en la vida nos hacen “pagar derecho de piso”. Luego, si actuamos con responsabilidad y criteriosamente seguramente sobrevendrán lágrimas de alegría. Así está destinado el vivir.
Todo ser humano viene a la vida con llanto. El bebé que nace derrama lágrimas. La mamá que está dando a luz a su bebé ¿qué hace?: llora. Por el mismo dolor y por el sufrimiento que genera el pensar: ¿nacerá bien?, ¿estará sano? Hasta el mismo embarazo suele llevarse con lágrimas ante ciertas incertidumbres que generan angustia.
En el momento del nacimiento se escuchan llantos pero cuando el bebé encuentra el refugio de mamá, se siente abrigado y protegido, encuentra cubiertas sus necesidades, comienza a sonreír.
En el abandono y el desamparo seguro que hay lágrimas. Pero, por otro lado, cuando los padres quieren dar lo mejor a sus hijos también derraman lágrimas.
Yo recuerdo bien momentos en que papi lloraba. Por ejemplo: cuando fue suspendido del trabajo. ¡Pobre! Llegó a casa y con lágrimas en los ojos nos comunicó lo sucedido. Y todos lloramos junto a él. Papi nos dijo: “Hijos, vamos a rezar, soy inocente, vamos a pedir que Jesús y María nos ayuden y todo se aclare”. Qué lindo, ¿no? Pero pasamos un momento triste. Creo que esa noche mientras él hablaba perdimos el apetito. Nos fuimos a dormir con lágrimas en los ojos y dolor en el corazón.
También recuerdo el llanto de mamá cuando no tenía como cubrir nuestras necesidades o exigencias y nos decía: “Hijos, no sé qué hacer. Vamos a aguantar. Vamos a rezar” Recuerdo que cuando alguno pedía una marca la cambiaba por otra y repetía: “No tengo cómo comprar lo que piden”. “Les pido perdón pero también les pido que aprendamos a disfrutar lo que tenemos “.
Lloramos muchas veces pero ¡qué hermoso!: aprendimos a vivir comprendiéndonos, acompañándonos y ayudándonos. Sobre todo valorando lo bueno, aunque fuese breve, que la vida nos presentaba a cada paso.
Aprendimos el significado de las palabras sufrimiento y sacrificio; fueron cosas inevitables, inolvidables, pero también aprendimos a ser positivos y el valor de la palabra agradecimiento.
Cuando mi hermano estuvo enfermo lloramos y… ¿qué aprendimos con eso?: que entre nosotros existía una hermandad, una unidad, que iba más allá de los bienes materiales. Fue duro. Hasta desconsoladamente lloramos. Una vez el médico nos dijo:”No sé si hay esperanza de vida”.
El sufrimiento, a veces, nos lleva a sentir el amor que tenemos unos por otros; el valor que le damos a un hermano, hermana, papá, mamá. Por eso es que les digo que los ojos que se lavan con lágrimas saben lo que es la vida, valoran y profundizan sentimientos.
Cuando papá volvió a encontrar trabajo nos abrazamos y lloramos de nuevo dando gracias a Dios. La vida nos había tenido amenazados por falta de trabajo, (muchas veces comíamos una sola comida al día) y de pronto volvíamos a cubrirnos de esperanza. Esas lágrimas que cayeron de nuestros ojos “antes” y “después” nos enseñaron una lección importante: valorar las cosas que tenemos.
Cuando pasamos por aquel mal momento algunos chicos se burlaban de nosotros porque no teníamos ni ropa ni zapatillas nuevas o buenas; usábamos la misma muda de ropa para ir al colegio que para salir de compras o pasear. Con el tiempo comprendimos que esto no podía causarnos dolor, que teníamos que ser fieles a papá y mamá porque ellos estaban dándonos “lo que podían” con todo amor.
Aprendimos a cuidar todo lo que teníamos, a nos desear más allá de lo posible. Esta camisa que llevo puesta hoy tiene más de cinco años y cada vez que la uso la siento como nueva porque la cuido y la valoro y así sucedía con cada cosa que teníamos cuando éramos chicos. Aprendimos a lavar, cocinar y planchar y sobre todas las cosas a reconocer el sufrimiento del otro.
Cuando estaba estudiando para ser sacerdote, nunca lo olvido, pasamos un momento muy duro, ¡teníamos hambre! Y solo había a nuestro alcance: alpiste. Eso comíamos. Y aprendimos a leer los ojos y la expresión del que sufre hambre y de esta manera comprenderlo.
Cómo cambió la visión de nuestras vidas.
Es cierto que cuando solo tenía dos pesos en el bolsillo se me llenaban los ojos de lágrimas y decía: “Caramba, no puedo comer un caramelo ni un pancho ni tomarme una gaseosa.” Es duro. ¿Saben qué aprendí de esto? A reconocer la verdad de las palabras de Jesús: “El hombre no vive solamente de pan “; el hombre no vive para satisfacer sus necesidades físicas y sentimentales, el hombre tiene un estilo de vida que va más allá de lo puramente material.
Esta comprensión de la realidad y esta profundidad (que nos llevan a alcanzar las lágrimas) nos hacen “crecer” y aprendemos a vivir “con plata y sin plata”, con abundancia y sin comida; nos llevan a no despreciar ningún alimento que nos acerquen, ninguna prenda que nos abrigue, ningún techo que nos cobije.
Cuando sentimos que no nos quieren, que nos discriminan, que nos abandonan, nuestro ser sufre y las lágrimas brotan. Es cierto; pero de eso también podemos aprender ¿qué cosa?: que somos capaces de vivir a pesar de esto porque la vida va más allá que el desprecio y el abandono, la vida es una maravilla que Dios puso a nuestro alcance para que aprendamos a valorarla y a disfrutarla con lo que nos toque vivir.
Por eso les repito: aprendan a ser positivos. Inténtenlo. No es necesario mendigar nada de nadie porque todos somos un milagro de Dios.

Dios nos ayude.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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