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Revista Compartiendo (Mayo 2016).
Si creemos y nos entregamos Jesús vivirá en nosotros, y por nosotros se irradiará al mundo

El libro del Génesis nos cuenta que después de crear al hombre y a la mujer Dios notó que faltaba algo en ellos entonces sopló sobre el barro, sobre el cuerpo del ser humano, y comenzó la vida. Vida que viene de Dios y que debe llevar a toda la creación hacia Él.
Luego, el hombre se equivocó de muchas maneras; desubicó su escala de valores, sus sentimientos y perdió el camino de la salvación pero, en lugar de condenarlo, Dios le prometió un salvador que renovaría en su interior el Espíritu de Dios y que lo purificaría. Jesús cumplió con esta misión. Y cuando llegó el momento de despedirse de este mundo, infundió ese Espíritu en nosotros, repitiendo el mismo gesto realizado en la creación, el mismo gesto que Dios tuvo con Adán y Eva. El Evangelio lo explica de esta forma: “Sopló y añadió: ¡Recibid el Espíritu de Dios! Recibid este soplo, este aliento que sale de Dios para renovar la vida de la tierra”. ¡Nuestra vida!
Desde ese instante el hombre, nuevamente dirigido por el Espíritu de Dios, reconoce sus dones y gracias y los pone en práctica para vivir y anunciar el Evangelio.
Esta vivencia es diferente en cada uno de nosotros porque el Espíritu de Dios nos da una vocación personal, distinta, sin quitarnos la individualidad, pero con una misma finalidad: “formar un gran cuerpo que tenga a Jesús como cabeza”. San Pablo nos dice al respecto que somos poseedores de diferentes dones y personalidades, pero que todos unidos debemos formar un solo pueblo, un pueblo sacerdotal, un pueblo de hijos de Dios, porque hemos recibido el mismo Espíritu y somos dirigidos por Él. Resta aclarar que no estamos hablando de “uniformidad” sino de “unidad de espíritu”.
No debemos conformarnos tan sólo con reconocer nuestros dones, sino que debemos abocarnos a la tarea de formar una iglesia deferente, contribuyendo con pequeñas dosis de armonía, serenidad y amor, para poder llevar al mundo el mensaje de paz de Dios.
Podríamos comparar la iglesia con un hermoso coro que canta para la humanidad una canción de esperanza. En todo coro hay diferentes voces: agudas, graves, que emiten sonidos suaves o fuertes, pero cada una tiene que vibrar armónicamente con la otra y conformar una unidad para que todo salga bien. En la iglesia pasa lo mismo, si no estamos unidos, si no se mantiene un mismo ritmo, se desubica su accionar.
Volviendo al ejemplo del coro, todos sabemos, cuando los escuchamos cantar, si uno de sus integrantes confundió un tono porque suena desubicado, quiebra la armonía y destruye la belleza de la unidad. El Señor siempre nos dice que somos el pueblo de Dios que canta un himno de paz y de amor respondiendo al tono que Él nos ha indicado, justamente, para que no perdamos la armonía y continuemos perfeccionándonos a fin de anunciar con alegría su palabra.
San Pablo, en muchas oportunidades, nos recuerda la importancia que tenemos, cada uno de nosotros, en el plan salvífico de Dios. Somos como los cinco dedos de una mano, todos diferentes pero con una utilidad y función específicas, que hace que todos sean necesarios.
Con los seres humanos pasa igual, hay algunos gordos, otros flacos, más bajitos o muy altos, hablamos diferentes lenguas y tenemos diferentes razas y costumbres, pero tenemos una sola vocación dentro de la iglesia: “anunciar el amor de Dios al mundo”.
Así como un coro no sería perfecto si alguno de sus miembros faltara; en esta vocación todos somos importantes porque nuestros talentos y capacidades enriquecen al mundo, de la misma forma que nosotros nos enriquecemos participando de los valores que los demás poseen.
Vivir el evangelio es dar y recibir. “Dar” viviendo por Dios y “recibir” según lo que damos a los demás.
Como aquellos discípulos que recibieron en el cenáculo el Espíritu Santo para quitar la maldad del mundo; nosotros, hombres y mujeres, estamos comprometidos con esa misma misión, porque al recibir el Espíritu de Dios, Jesús nos dice: “Vayan y anuncien la liberación y el perdón de los pecados”. (Esto dice el texto bíblico original: “ustedes tienen que vencer toda maldad con la fuerza del Espíritu de Dios”).
Muchas veces no somos conscientes del significado de haber sido redimidos por Cristo; por ejemplo cuando deseamos el mal de alguien, cuando quitamos los derechos del otro o cuando dentro de nuestras familias, entre hermanos, nos tratamos sin respeto. No somos conscientes de que, con diferentes capacidades, somos elegidos y enviados para hacer el bien; para cantar un himno de paz, de amor, de ofrecimiento.
Nunca olviden: “dentro de nosotros habita el espíritu de Dios, quien nos conduce y ubica cuando escuchamos nuestra conciencia, la cual dirige nuestros actos a través de Su gracia.”. Esa gracia está sobre nosotros; los dones del Espíritu Santo están dentro de nosotros, son el cimiento de nuestra vida, la fuerza, la energía que nos sostiene. Por medio de ellos podemos transformar nuestra realidad en una existencia feliz. No los vemos pero sabemos que es debido a la fortaleza de su cimiento que el edifico se mantiene con firmeza a lo largo de los años.
El Espíritu de Dios es el cimiento de nuestra vida, en él nace, se mantiene y fecunda nuestra existencia, de él toma raíces todo lo bueno que vivimos, decimos y hacemos.
Todos somos llamados y enviados a anunciar el misterio de Cristo y la salvación que Jesús nos ha dado a través de su muerte y de su resurrección.
Anunciar el evangelio no es fácil, se suelen encontrar muchos rechazos y condenas, pero si uno confía en la gracia de Dios el resultado benéfico y positivo es abundante.
Los discípulos estuvieron escondidos y tuvieron miedo, dice el evangelio, pero en el momento en que recibieron el Espíritu Santo trasformaron sus vidas porque sabían que, desde ese instante, ningún poder humano, ningún poder de este mundo podría vencer la gracia de Dios. Si alguna vez leemos sobre sus vidas nos enteraremos de que hicieron maravillas.
En el nombre y el poder de Jesús, nunca en nombre propio, caminaron los paralíticos, los ciegos comenzaron a ver, sanaron los enfermos, expulsaron los demonios, siempre en el nombre y el poder de Jesús. Nada hicieron para su propio beneficio. Esta es una de las cosas más difíciles de lograr porque, a veces (y nos pasa a todos), queremos hacer cosas sólo por orgullo personal o por vanidad, pero el evangelio dice: “Vayan y anuncien en nombre de Dios”.
A pesar de ser diferentes todos los discípulos hicieron grandes obras porque eran guiados por el Espíritu Santo. Algunos no tenían notables capacidades, sólo humildad, fe y entrega. Eran simples pescadores, pero la fuerza del Espíritu, los convirtió en instrumentos de Dios para el mundo.
Hoy Nuestro Señor infunde en nosotros ese mismo espíritu, que nos anima y dirige cuanto más somos capaces de entregar nuestra vida, humilde y sencillamente, para que Dios obre en dentro nuestro.
La unidad es algo muy difícil de alcanzar en la iglesia (y fuera de ella), porque cada uno tiene criterios y razonamientos personales, pero en la iglesia el razonamiento válido no es el tuyo ni el mío sino el de Jesús. Sólo Él nos une y nos transforma en familia.
Somos personas con diferentes nombres y apellidos, con nuestro propio carácter y personalidad, llenos de sentimientos y con algunos defectos, pero todos estamos unidos por la vocación de vivir y anunciar los pensamientos de Cristo para darle unidad y vida a la iglesia. Si creemos y nos entregamos Jesús vivirá en nosotros, y por nosotros se irradiará al mundo.
En alguna oportunidad les dije: “Cristo no tiene como mover sus manos porque está clavado en la cruz pero Cristo se mueve, camina, bendice y proclama, porque usa tus manos y mis manos, tu corazón y mi corazón, usa y necesita de tus pies y mis pies para llegar a todos los rincones y anunciar el evangelio”.
Pentecostés nos llama, justamente, a adquirir conciencia de lo que somos. Así, cada vez que extendamos nuestras manos, estas serán las manos de Cristo.
La vocación que Pentecostés despierta en nuestro corazón debe llevarnos a hacer el bien y vencer al mal para que se cumpla lo que dijo Jesús: “Como el Padre me envió a mí, yo los envío a ustedes para que cada vez que hablen, cada vez que lleguen a un hogar, sea Yo el que llega con vuestros pies y vuestras manos, con vuestra sonrisa, vuestro corazón y vuestra palabra, a todos aquellos que quieran conocer la paz de Dios”.
No sé hasta qué punto somos conscientes de esto. ¡Cuántas fiestas de Pentecostés celebramos y todavía dudamos! Es difícil hacer consciente esta realidad. Si así fuera cuántos actos de maldad terminarían. No vayamos muy lejos, en nuestra propia familia, ¡cuánta paz, esperanza y alegría sembraríamos!
Pidamos a Jesús que infunda en nuestro corazón esa comunión con Cristo, ese vínculo con Él, para que seamos instrumentos de Dios, a través de su corazón, para todo el mundo.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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