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Revista Compartiendo (Febrero 2016).
Si realmente actuáramos con amor no podríamos hacernos daño

Debemos aprender a analizar nuestra realidad basándonos en las enseñanzas que Jesús nos ha dejado. El razonamiento divino hace justo lo injusto. Esto es bastante difícil de comprender desde nuestra humanidad y resulta “chocante” en muchas oportunidades.
Cuenta la historia que el propietario de un campo salió a buscar obreros para su viña. Algunos comenzaron a trabajar desde las primeras horas del día y fueron los últimos en terminar. Otros, en cambio, lo hicieron durante medio día, sólo unas horas, y finalmente algunos sólo unos minutos. Lo significativo es que, en el momento de cobrar, todos recibieron la misma cantidad de dinero...
Esto sucedió hace mucho tiempo pero ¿qué haríamos nosotros ante una situación semejante?
¡Huelga! Saldríamos a reclamar nuestros derechos, enarbolaríamos la bandera de la injusticia.
-“¿Cómo puede ser que yo, habiendo trabajado todo el día reciba el mismo pago que aquel que estuvo sentado durante muchas horas y trabajó sólo algunas?”-
El razonamiento humano nos lleva a sentir bronca. ¿Y la caridad y el amor, en dónde quedaron?; o son sólo palabras que no pueden ser practicadas. Como ven: “el razonamiento divino transforma en justo lo que parece injusto”.
Para poder entenderlo mejor vamos a un ejemplo de nuestros días. Supongamos que yo necesito contratar a algunos de ustedes para realizar una tarea. Naturalmente en primer lugar elegiré a los que se encuentran capacitados para hacer ese trabajo.
Esto también pasó en tiempos de Jesús, cuando los viñadores salieron a buscar obreros eligieron lo mejor, gente fuerte y capaz, para ganar tiempo. Los que quedaron últimos no fueron elegidos por nadie. Puede ser que, en realidad, se haya tratado de un grupo de enfermos, flacos o viejos; quienes permanecieron sentados todo el día porque nadie los elegía. Es decir, entre un viejo y un joven, elegían a los jóvenes para poder acelerar la concreción de la tarea.
Esto también pasa hoy en Argentina. Cuando damos trabajo preferimos los solteros a los casados. Pareciera como si los hombres y mujeres de cuarenta años son considerados viejos. No sirven. Entonces, naturalmente, nosotros decimos: -“Hay injusticia”-; pero no olviden que el que elige tiene el derecho de elegir a quien quiere. No es injusto, aunque en realidad lo parece.
Volvamos a mi ejemplo. Contrato muchos de ustedes, sanos y fuertes, que se encuentran capacitados para trabajar. Pasan las horas, casi el día entero, y me encuentro con un grupo de enfermos. Algunos sufren de cáncer, otros ya son viejos, y otros más que, por no tener recursos, ni tienen fuerzas para caminar; y les digo:- “Ustedes también están contratados, vayan a trabajar”. Al finalizar la jornada les pago a todos por igual.
Seguramente todos dirán:- “Y bueno, si son enfermos no puedo enojarme. El también tiene el derecho de ser caritativo”. ¡Por supuesto! Tengo todo el derecho del mundo de ayudar a los demás.
Cuando invade nuestro corazón la caridad, y razonamos conforme a ella, no hay ningún derecho, ni social ni laboral, que nos condene. Por eso les hablé, al comienzo, de una realidad chocante.
Si razonamos con lógica todo dueño o patrón tiene el derecho de hacer lo que desea con su dinero. Puede hasta regalarlo si quiere. Esto no es injusto.
Si yo pregunto en el momento de contratar a alguien:- “¿Cuánto me cobras por el trabajo que realizarás? Y me contesta:- “Cien pesos”. Si yo le pago esa cantidad no estoy siendo injusto. Ahora, si en lugar de darle cien; le quiero dar cincuenta para repartir el resto entre los que contraté a último momento, entonces sí sería injusto, porque no fue lo establecido.
Jesús, en aquel tiempo, les dijo: -“¿Acaso no se pusieron de acuerdo para cobrar un denario por sus tareas? Entonces reciban lo que es suyo y no critiquen más”.
Suele suceder que, en determinadas circunstancias, pensemos que somos privilegiados, por tal o cual causa, entonces reclamamos nuestros derechos por sobre otros.
Pero Jesús vuelve a decirnos: -“La comunidad cristiana no está edificada sobre leyes, derechos o reclamos, sino sobre misericordia y amor”.
¿Qué querrá que comprendamos? Simplemente que somos ¡celosos!; sobre todo cuando se trata de algo que, creemos, nos pertenece. Queremos tenerlo siempre. La palabra compartir desaparece de nuestro vocabulario.
Los celos nos impiden razonar con bondad.
Si nuestro razonamiento es puramente intelectual y frío, si no ponemos el corazón para pensar con claridad, podemos llegar a tener razón, porque hemos trabajado mucho y ganamos igual que el otro, pero nunca sabremos, ni querremos enterarnos, de las condiciones y valores de esos otros.
Tal vez aquellos últimos sólo entraron por la gran misericordia del patrón. Quizás pudo tratarse de una familia que se estaba muriendo de hambre y el patrón, sabiéndolo, quiso que recuperen su dignidad cobrando por su trabajo. No dándoles una limosna por lástima. Podría haberlo hecho y “sacárselos de encima” a la brevedad pero quiso obrar con amor, respetando al otro, dándole un trabajo digno y pagándole por ello.
Si uno realmente razona con el corazón, y se encuentra frente a un enfermo que está muriendo de cáncer, que quiere ganarse unos pesitos para comprar sus medicamentos o su comida dignamente, aunque aparezca a último momento, es lógico que el patrón decida darle lo que considere justo a los ojos de Dios. Porque, en ese instante, no obra pensando en las leyes de los hombres sino en la caridad-amor que nos enseñó Jesús. Cuando uno actúa de esta forma el trato para con los demás toma un nuevo curso, porque se comprende que “el amor es una realidad que nos ayuda a ser justos más allá de las leyes”. Parece mentira ¿No?
Si realmente actuáramos con amor no podríamos hacernos daño.
Todas las leyes tienen su punto final en la caridad del amor, aún los mandamientos. Por eso nos dice Jesús: -“Aunque cumplan todo estrictamente si lo hacen sin amor no tiene suficiente valor”.
El amor es lo que pone la gracia final sobre nuestras obras, trae consigo derechos para reclamar y méritos para ser reconocidos. No sirve razonar sin amor.
¿Se dan cuenta? Jesús no nos habla de leyes laborales ni nos indica como trabajar un campo, sino de la misericordia que hace falta para alcanzar el Reino del Padre.
Muchos pensaron que para entrar al Reino de Dios sólo tenían que conocer y cumplir con leyes y mandamientos y, como lo hacían, se creyeron privilegiados. Además, como eran los primeros que conocieron y acompañaron a Jesús... ¿quiénes podrían ser mejores?
Muchas veces pasa esto mismo en la vida actual. Por ejemplo: algunos de ustedes hace añares que vienen a la Parroquia Natividad y pueden pensar que como me conocen hace muchos años tienen más derechos que otros. Pueden llegar a decir: -“Ese banco tiene que estar libre para mí”. (Algunos hace muchos años que no hacen cola y se sientan en el mismo lugar). Cuando aparece alguien nuevo le decimos: -“Hay que cumplir con todas las indicaciones...” Así somos.
El error radica en actuar sólo conforme a criterios humanos.
Cuando lleguemos al Reino de Dios tal vez “perderemos el banco”, ya que “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.
El hombre se atribuye privilegios por el tiempo, el conocimiento y la práctica. Pero Jesús dice: -“En la Viña del Señor no hay privilegiados”
Muchas veces lo he dicho y hoy lo reafirmo, el que viene por primera vez a Natividad del Señor recibe la bendición de la misma forma que aquel que hace 30 años que conozco.
Algunos pueden llegar a decir: -“¿Cómo puede ser que el padre Ignacio abrace a alguien que viene por primera vez y a mí, que hace tanto tiempo que vengo, nunca me abrazó?”
¡Hasta dónde nos llevan los celos! Sé que es difícil aceptar lo que digo, pero si lo analizan con serenidad podrán hacerlo.
En tiempos de Jesús pasó lo mismo. Lo escribas, sacerdotes y fariseos siempre estaban en primera fila; por ese motivo pensaron que ellos eran los dueños del Reino de Dios y que todos los paganos, todos los que se convertían en último lugar eran los inútiles, los seleccionados para dejar afuera. Solían decir: -“Ellos no pueden entrar. Se necesita mucho tiempo para poder llegar”
Nosotros también utilizamos estos términos: -“Recién empezaste. Tranquilo, lleva años y años llegar”. Pero Jesús nos dice: -“El corazón de Dios no razona como el de los hombres. Él brinda su misericordia sin cesar sobre cada uno de nosotros porque en la lógica de Dios no existe otra expresión más que: “igualdad por amor”.
La conversión de los seres humanos a la gracia de Dios no es un trabajo por contrato. Algunos se convierten primero, algunos después, otros a último momento.
¿Qué diferencia hay entonces entre el que se convirtió hace muchos años y el que lo hace dos segundos antes de su partida?
Que los primeros, desde hace muchos años, disfrutan de la gracia de Dios en sus vidas.
Pero tanto los primeros como los últimos reciben el mismo Amor.
Hoy Jesús le pregunta a todos los seres humanos: -“¿Quién de ustedes puede decir de Dios que es injusto por la manera de amar a todos en igualdad?”
Estoy seguro de que entenderemos el mensaje del Evangelio si nos ha tocado el último lugar de la fila pero, si estamos entre los primeros; no nos enojemos.
Las leyes humanas tienen cierta dosis de egoísmo. Por eso, a veces solemos decir: -“Qué atrevimiento tiene esa persona que se acercó y saludó al padre; ¡nosotros nunca nos acercamos y lo saludamos!”. ¿Saben por qué reaccionamos así? Porque, sin querer, nos pusimos un poquitito celosos.
Con seguridad si hubiésemos estado en lugar del otro hubiéramos dicho:-“¡Qué suerte tuve!, pude acercarme y compartir”.
No tengamos celos entre unos y otros porque Dios nos ama a todos en igualdad. Él desea recibir a todos los corazones y, tarde o temprano, antes o después, en algún momento, lo hará.
Dios tiene derecho de amar más allá de nuestro corazón humano. Nunca nos cansemos de agradecerle, porque Él no se fija si somos dignos o indignos. Muchos pensaron que los pecadores no tienen derechos. Dios no mira como los hombres, su mirada está llena de comprensión, paz y perdón, porque quiere que todos, algún día, encontremos la felicidad verdadera.
Su misericordia ofrece a todos posibilidad de conversión. Su mensaje nos obliga a ser humildes y sencillos de corazón. El sentirnos privilegiados nos llena de orgullo y vanidad; cuando en realidad, sólo los humildes son privilegiados.
La iglesia debe estar construida sobre el amor, si queremos ser felices en ella, aprendamos a convivir y compartir sin egoísmos.
Aquel que conoce, desde hace mucho tiempo, a alguien a quien ama disfruta de esto desde todo ese tiempo; el que recién ahora ha logrado conocerlo, recién ahora puede empezar a disfrutarlo.
Pidamos a Dios la gracia de entender y vivir Su palabra para poder hallar la felicidad en la igualdad.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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