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Revista Compartiendo (Noviembre 2015).
¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si no tiene paz interior?

El pan de Dios, que desciende del cielo, da vida al hombre. Roguemos: “Danos siempre de este pan”
Conversemos sobre la Eucaristía: el Pan bajado del cielo. Semanas atrás escuchamos en las lecturas de la santa Misa que Jesús multiplicó los panes para saciar a los hambrientos.
Así fue. Muchísima gente había abandonado todo para seguir a Jesús. En medio del desierto Jesús siente la necesidad sentimental - material - terrenal de todos esos seres humanos entonces, junto a quienes lo acompañaban, decide darles de comer porque lo necesitaban para mantener y sostener su vida física.
Hoy, a veces, cuando la gente busca a Jesús no viene sólo al encuentro con Dios sino que está buscando el milagro del pan; más pan para su vida terrena. A veces pasa. Algunos, por curiosidad, se acercan sólo a comer un poco de pan sin sentir ni conocer el maravilloso milagro de la fe que obra en la Eucaristía.
Jesús nos pide siempre que no trabajemos por el alimento perecedero sino por el que permanece hasta la vida eterna.
Al reiterar este pedido nos da a entender que el hombre tiene diferentes necesidades; tiene dos tipos de hambre: hambre de las cosas materiales, sentimentales, terrenales y hambre espiritual.
En algún momento hemos escuchado sobre el hambre y la sed que los hombres tenían para tratar de encontrar la gracia de Dios y en otros (también lo hemos oído) el hombre, más allá de buscar a Dios busca el pan material.
Qué hermoso resulta analizar lo que dice Jesús porque, en cierta forma, nos muestra que somos consumidores compulsivos. No sé si se entiende bien. Está muy claro si releemos aquel párrafo bíblico en donde Moisés se encontraba en medio del desierto y la gente que lo acompañaba comenzó a sentir hambre física-terrena. Moisés empezó a orar: “Señor, Señor, tu pueblo necesita comida, está muriendo...” Entonces el Señor le dijo: “Voy a mandar maná del cielo”. Y les aclara a todos: “No vayan a buscar más que lo necesario para alimentarse”. Pero... ¿qué hicieron? Agarraron bolsas y canastas y juntaron maná para más de dos semanas.
El Señor les había pedido que no busquen más de lo necesario porque él les aseguraría el pan de cada.
Y ¿qué pasó? Al día siguiente, cuando quisieron comer lo que habían juntado de más, estaba todo podrido. De esta forma el Señor nos enseña a no buscar solo para complacer nuestra “panza”, nuestros sentimientos humanos, sino que busquemos lo esencial, lo primordial; que aprendamos a dar prioridad a las cosas.
Cuando buscamos sin priorizar perdemos todo. Esto nos pasa muchas veces. Nosotros queremos todo y nos falta priorizar. Cuando te das cuenta gastaste tiempo, plata, todo lo que no tenías, te metiste en deudas o las tarjetas de crédito no tienen más fondos.
¿Por qué? Por la ambición de tener más cosas o de querer resolver algo equivocadamente.
Casi con seguridad, si hacen memoria, todos, alguna vez, pasaron por algo similar a esto:
Fuiste al supermercado para comprar un poco de pan, dos kilos de papas, un poco de tomates y una costeleta pero... ¿cómo volviste a tu casa? Con un carrito lleno, rebosante, ¡tanto! que ni siquiera lo podías empujar. ¿Por qué? Por ambición, por no priorizar.
- “¿Viste? ahí decía: ¡oferta! Dos por uno”. (Entonces, por las dudas; no vaya a ser que la semana que viene lo necesite) “Dale, ponelo en el carrito”. (Y si siguen caminando por ahí ven otra oferta y la llevan también para consumir... el mes que viene). Todas las ofertas y nuestra respuesta hacia ellas, nos llevan a transformarnos en consumidores compulsivos.
Vos llevaste la tarjeta para gastar 200 pesos en pan y carne y a fin de mes te viene un resumen con 2500. Ahí te das cuenta del error. (El evangelio nos recuerda que hay muchas deudas por pagar no solo para comer). Entonces ¿como reaccionan algunos?: -“Bueno, no me queda otra que suicidarme porque no tengo plata para pagar todo”; o le pedimos a alguien y nos metemos todos los días en una deuda diferente...
Eso es lo que nos pasa cuando no ponemos prioridades, cuando no está claro lo que estamos buscando. ¡Pasa!... de muchas maneras.
No tienen un “mango” en el bolsillo pero quieren el “Mercedes Benz” en la puerta de casa porque si no lo tienen no pueden dormir y... ¿qué pasa si no podés alquilar un departamento que sale 10000 pesos por mes?... También te quita el sueño, porque el que sale más barato es muy chiquito y se sienten todos los ruidos del vecino.
Igual cuando compramos un par de zapatos, nos olvidamos para qué lo compramos: ¡solo para proteger los pies!, pero: - “Mi vecina usa “tal marca”, me voy a fijar y compraré unos un poquito superior”...
Estas vanidades, por orgullo o inconsciencia, nos consumen.
Por eso cuando Jesús vio que la gente estaba desubicada en su forma de buscar y guardar nos enseñó a no buscar solo lo material ya que la felicidad no está en el bolsillo.
La felicidad no está en el Mercedes Benz o en el cachivache que tenés que empujar para que arranque por la mañana. La felicidad no está en vivir en un palacio ni en tener solo un colchón para dormir. Cuando el sueño viene solo necesitamos recostarnos y descansar... pero... ¿Qué pasa? La marca nos puede.
¡Pongan prioridad en la vida!
No vivan para comer, coman para vivir. ¡No basta satisfacer el hambre material!
Es verdad que tenemos hambre física pero tenemos que ser muy conscientes de saciar el hambre y sed espiritual al mismo tiempo porque... ¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero si no tiene paz? Es verdad.
Vos podés tenés todo pero no tenés paz y sin paz no hay felicidad; entonces ¿para qué sirve todo?
La prioridad uno del hombre es la paz interior; una conciencia sana.
Aprendan a alimentar lo espiritual porque sin tener la conciencia tranquila es imposible disfrutar un bocadito de comida. Si comen intranquilos después tienen colitis, vómitos, porque no tienen paz interior.
¿Cuál es la solución? Buscar el equilibrio.
Me encanta la forma de hablarnos de Jesús: equilibren, eso nos pide. Coman pan, seguro, pero también sepan que necesitan sinceridad, respeto, cariño, paz.
La vida no encuentra sentido si falta el equilibrio entre lo material y lo espiritual.
Muchas veces les he dicho que si ponemos una lancha en el agua y queremos llegar a algún destino tenemos que remar con los dos brazos porque si lo hacemos solo con el derecho haremos círculos hacia ese lado y si lo hacemos únicamente con el izquierdo haremos círculos hacía allí. Solo con la ayuda de las dos manos, en forma armónica, podemos avanzar hacia nuestra meta.
Muchas veces nos pasa que queremos remar solo con las cosas materiales y sentimentales. Uno piensa que así puede llegar a algún lado pero da vueltas y vueltas y siempre está en el mismo lugar.
Lo mismo sucede con lo espiritual. Fíjense en los que se fanatizan con algo, no logran salir de un círculo.
Si la única herramienta que tenemos es un martillo todos los problemas se tratan como clavos. Para sacarlos hay que golpear y arrancar.
Lo mismo pasa con los sacerdotes. Si yo quisiera resolver todo, absolutamente, con la oración y mi fe, me estaría equivocando. Dios necesita de la fe de cada uno de ustedes por eso todos somos diferentes y tenemos distintos dones.
En un caja de herramientas hay una gran diversidad y todas cumplen una función y son útiles, solo hay que aprender a usarlas como corresponde.
Si queremos resolver todo con lo material estamos equivocados; lo mismo sucede a nivel espiritual. Cada cosa en su lugar. Busquen el equilibrio sin ir a los extremos. Los extremos hacen daño.
Jesús nos aclara que el vino del cielo para brindarnos el pan de cada día: “Así en el cielo como en la tierra”. “El que come este pan no tendrá hambre; el que cree en mí no tendrá sed”. A mí me pasó muchas veces.
Es fácil pasar días sin comer; es muy difícil pasar días con tristeza, amargura, sin paz. Con paz interior es fácil pasar una semana sin comer.
Recuerdo que estando en India pasamos meses comiendo alpiste ninguna semilla había sobrevivido. La paz interior, la fe, nos hacia sentir bien a pesar de todo, y algunos bromeaban diciendo: - “Si nos llegamos a ser sacerdotes al menos podremos cantar como los pájaros con tanto alpiste”- ¡Cómo se mira la vida desde la fe! Recuerdo que cada comida me llevaba al baño a los dos minutos. Solíamos preguntarnos: -“¿Que comeremos hoy?”- y alguien contestaba: -“Alpiste con salsa”. “Ah bueno ¿y mañana?”...
- “Mañana: salsa con alpiste”- y nos reíamos.
Es que cuando se tiene paz interior se siente alegría de vivir y compartir aunque sea lo mínimo de lo mínimo.
Es verdad lo que dice Jesús. “El que cree en mí no tendrá sed y no tendrá hambre”. Porque la paz interior nos ayuda a encontrarnos con las grandes alegrías de la vida.
Busquen todo los días el pan del cielo y recuerden que Dios no está solo para los momentos de necesidad sino siempre, en cada momento y todo los días, para darte lo mejor.
Creyendo en Él y en su palabra renovemos diariamente nuestra fe.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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