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Revista Compartiendo (Agosto 2015).
¿Por qué dudaste?

Muchas veces no cuesta seguir navegando por el mar de la vida. Esta aventura de vivir nos lleva como a una barca en altamar.
Nuestra vida es como un barco que encontrará olas y sorteará tormentas para arribar a destino.
Cuando nosotros tomamos esta imagen, sin ninguna duda, vamos a reconocer que tendremos ciertos momentos de miedo, angustia o desesperación, según las adversidades que haya que enfrentar. Nuestra barca enfrentará días de sol y también grandes tormentas, mientras intenta llegar de una orilla a la otra buscando un destino; sólo para poder llegar en el momento justo y descansar.
Todos deseamos un destino feliz, seguro, pero a veces no es fácil. Y cuando en esta búsqueda el ser humano encuentra adversidades, naturalmente, siente miedo. Ese miedo nos toca de distintas maneras. Hoy le llamamos desesperación, pánico, fobias, etc.
Cuando vemos claramente que no hay una respuesta humana, que los recursos del mundo terreno no alcanzan para resolver los conflictos que se nos presentan a veces nos desesperamos; nos cuesta seguir navegando, es decir, seguir llevando adelante nuestra vida. Empezamos a dudar y nos preguntamos: “¿Dónde está Dios?” El reproche va directamente contra Dios. Es verdad. Porque cuando nos llega un momento de difícil resolución comenzamos a perder la fe. Solemos decir: “Yo creo, entonces, ¿dónde está Dios?”…
Cierta vez Jesús estuvo con sus discípulos por varios días, predicando, explicando la realidad de la vida, mostrándoles el camino hacia el futuro. Todo estaba re-lindo, re-bien mientras estaban junto a Jesús rezando pero cuando él se fue a descansar y se desató una tormenta, se sintieron entre la vida y la muerte y todo dio un giro; sintieron miedo.
Jesús estaba durmiendo en la barca mientras todo era gritos y llanto. Uno de los discípulos se le acerca diciendo: “¿No te importa nada de nosotros?”
En la actualidad, hacemos lo mismo, le reprochamos a Dios su falta de presencia. Cuando nuestra fe parece agotarse, cuando nos sentimos sin recursos, cuando algo nos amenaza y nos sentimos entre la vida y la muerte nos preguntamos: “¿Le importa algo de mí a Dios? ¿Dónde está que no lo siento cerca mío?”
Los discípulos en aquella barca le reprocharon a Jesús: “Estás durmiendo tan tranquilo y nosotros estamos a punto de morir. ¿Te importamos o no?”
Jesús despierta y calma al viento y dirigiéndose a ellos les dice. “Ustedes gritan, pelean, discuten, dudan de que Dios está con ustedes. ¿Dónde está vuestra fe?”
El hombre reprocha el abandono de Dios y Jesús vuelve a preguntar: “¿Dónde está tu fe? ¿Por qué dudaste?” ¿Me creés o no? Sabés que estoy con vos, estoy en este barco.
Nuestra vida es como ese barco que lucha contra el viento y el mar. Jesús está dentro de nosotros. Nunca nos abandona. Aunque estemos en altamar, aunque nos sintamos sin fe, aunque por miedo o angustia hayamos dejado de creer o de confiar, él nos repite: “Nunca te abandonaré”. “¿Por qué dudaste?”
Tenemos que tener presente que, aunque existan momentos difíciles, sin salida, cuando no encontramos respuestas, ya sea dentro de la ciencia o la tecnología humanas, el que cree en Jesús “encuentra todo lo que necesita”.
Por eso aquellos discípulos cuando vieron que Jesús calmaba el viento y el mar se preguntaron: “¿Quién es este hombre?” Justamente, es el verdadero hombre y verdadero Dios que tiene poder sobre la naturaleza. Es quien tiene la gracia de dominar toda la creación y ese “creador” es el que está en cada uno de nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida… y siempre va a estar presente para darnos fuerza para seguir luchando.
En los momentos angustiantes tenemos que tener calma. “Tranquilícense”, dice Jesús, “no se desesperen”.
La desesperación nos lleva a tomar medidas drásticas. Si alguien tiene fobias y está en medio de una tormenta, para protegerse, en una de esas, se tira al agua y de allí, no sale más. Jesús nos pide que, aunque tengamos miedo, confiemos en él. Es difícil. Lo sé.
Existe un túnel que entra por Inglaterra y sale por Francia por donde pasa un tren, aquellos que sienten miedo a los espacios cerrados, cuando el tren entra al túnel no pueden escapar pues no hay espacio ni para tirarse del tren, entonces solo les queda aguantar y esto cuesta mucho y lo logran pero… si no tienen fe… capaz que les “agarra” un infarto.
Jesús nos recuerda que cuando no vemos salidas es cuando más nos tenemos que tranquilizar para poder encontrar la gloria de Dios. Él nunca nos abandona; siempre está presente.
Pero… en realidad, ¿como reaccionamos nosotros? Con inquietud, con desesperación. Nos preocupamos por lo que nos pasó, por lo que nos pasará y no podemos vivir el momento presente como corresponde hacerlo. Nuestra historia personal suele ser una “mochila” pesada que llevamos sobre nuestra espalda. También nuestros proyectos. Cuando un joven tiene 27 o 28 años comienza a pensar en casarse, tener hijos, una casa, un buen trabajo, y mucho más. Si tienen 70 u 80 años quieren disfrutar de su jubilación y vivir sin apremios. Cada uno tiene sus propios sueños y deseos; por eso vivir el momento justo, el adecuado, nos cuesta. Es verdad.
El pasado es historia aunque nos mortifique y nos pese. El futuro no se puede vivir por adelantado; pero muchas veces nosotros adelantamos el proceso de la vida. Igual sucede cuando alguien está enfermo y piensa: “¿Cómo voy a quedar después de esto? ¿Podré caminar? ¿Quedaré muy flaco? ¿Tendré fuerzas para seguir haciendo las cosas que hacía?” Estos pensamientos mortifican y dañan la fe.
Cada realidad debe vivirse día a día, ni pensando en ayer ni mortificándose por el mañana. Tampoco podemos detener el tiempo; que éste se detenga o se prolongue sólo lo decide Dios.
Al atravesar por momentos feos tenemos que tener mucha fe y mucha paz porque la inquietud de nuestros pensamientos nos angustia permanentemente.
Jesús nos pide que dejemos nuestro dolor, nuestro sufrimiento, en sus manos. Si así lo hacemos, sin ninguna duda, vamos a encontrar alivio y la capacidad para disfrutar la vida a pesar de todo.
Cierta vez un hombre caminaba cargando, con desesperación, una bolsa muy pesada. En su camino se cruzó con un ángel y éste le pregunta: “¿Qué te pasa? ¿Es muy pesada tu carga?” El hombre le contesta: “En esta mochila llevo el peso de mi conciencia, de mis culpas, de mi pasado”.
“Llevo sobre mí un pasado cargado de ignorancia y errores y por otro lado me preocupa mi futuro. ¡No sé como voy a terminar! Si condenado, perdido, en soledad, enfermo”. El ángel le dice: “¿Por qué no dejás tu bolsa en mis manos así la ponemos en las manos de Dios?” El hombre se la da. Y cuando el ángel la abre dice: “Hijo, aquí dentro no hay nada, tu mochila está vacía. Pero necesitas mucha fe para aliviar el peso que llevás en tu cabeza”.
Cuando llevamos todo el peso de nuestra vida en nuestros pensamientos, en nuestra cabeza, es como llevar una carga de piedras dentro de ella. La falta de fe no nos deja descansar, perdemos el razonamiento. Vamos a la cama a dormir y la piedra sigue pegada allí, punzante y dolorosa, nada la puede despegar.
Solo la fe te va a dar alivio y esperanza pero hay que abandonar los pesos del pasado y las inquietudes del futuro en las manos de Dios. La fe crece, disminuye o desaparece, muchas veces, debido al pasado que no puede curarse.
Job tenía muchas dudas, muchas preguntas en su interior y con ellas bombardeó a Dios porque tenía muchos conflictos sin resolver en su cabeza. El Señor le respondía con las mismas preguntas. Hasta que Job pudo comprender y entonces pudo decir con paz: “Dios me dio, Dios me quitó, bendito sea el nombre del Señor”.
Cuando dejamos todas nuestras preocupaciones, nuestro futuro, sabiendo que en el barco de nuestra vida está durmiendo Jesús, que en nuestro corazón está Jesús reposando para cuando necesitemos de él, podemos seguir luchando con esperanza y con fe.
Jesús en cada Eucaristía nos dice: “Tomad y comed para que tengas vida, vida en abundancia”. La Santa Misa, la Eucaristía, la comunión, hacen entrar a Jesús en tu corazón. Cuando comulgamos Jesús está en nosotros, en nuestra vida, como en esa barca, descansando, para que todos tengamos fuerza para superar las cosas imposibles ante los recursos humanos, porque ahora está en nosotros; en vos, en mí, aquel que tiene el poder de calmar la tempestad, de dominar el viento y el mar, para aquietar tu corazón, para ayudar a superar tu falta de fe, para sortear todos los obstáculos y llenarte de esperanza y de paz.
Solo necesitamos tener una fe profunda para dejar que él obre en nosotros y no tenga que preguntarnos: “¿Dónde está tu fe? ¿Por qué dudaste?”
No rompas tu cabeza, no dejes de dormir y descansar. Jesús te dice: “Cree en mí. Refúgiate en mí”. “Aunque veas o no veas, aunque sientas o no sientas mi presencia en tu corazón, siempre estoy con vos”.
Pase lo que pase no dudes y recordá siempre: “Dios está en tu barca, en tu corazón, en tu vida”. A veces decimos: “Yo creo, a mí no me pasan cosas feas”. Al contrario, muchas veces, las cosas más difíciles nos hacen sentir aún más el poder que tiene Dios en nuestra vida.
Recuerden: solo la fe mueve el corazón de Dios.
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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