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Revista Compartiendo (Mayo 2015).
Descubramos los grandes valores que se encuentran en nuestro corazón

Quiero comenzar mi reflexión desde el libro del Eclesiástico (6, 7–11) en donde se nos habla de la verdadera satisfacción. Su lectura nos dice que, muchas veces, el hombre gasta todo su esfuerzo, trabaja, se preocupa, por colmar su boca; pero mientras sacia sus apetitos no logra transformarse en un ser calmo, feliz, capaz de disfrutar de la creación.
¡Cuánto nos equivocamos buscando satisfacciones que nunca nos satisfacen!
Todos los días salimos al encuentro de ocasiones para satisfacer el hambre, la mente o el físico, pero no sé si nos abocamos de la misma manera a la satisfacción del alma, el corazón, lo interior.
Sin la gracia de Dios, sin esos sentimientos que nos iluminan y guían para avanzar, el hombre es: ¡nada!, vació, ya que todo se transforma en vanidad.
El alimento más importante no es el que entra por nuestra boca sino lo que nos completa el corazón con la Gracia; porque ella infunde en nosotros el Espíritu de Dios, su amor y esto nos lleva a valorar muestra existencia y a obtener un sentido diferente de nuestra dignidad.
Esto no significa que sólo tenemos que preocuparnos por lo espiritual y dejar por ello de trabajar o de comer, no vayamos a los extremos. Tengamos los pies en la tierra y la mirada puesta en el cielo. No exageremos las cosas, no todo es gloria y alabanza. El Señor nos dio un aparato digestivo y un físico para mantener, pues hagámoslo, la creación fue hecha así, por eso estamos hablando justamente de la dignidad de nuestro cuerpo, de nuestra persona, de nuestra identidad, y esta última la descubrimos cuando nos reconocemos como hijos de Dios. Nuestra identidad es identidad de Dios, porque a Él pertenecemos, y cuando queremos pertenecer a nosotros mismos cometemos un gran error: no comemos para vivir, sino que vivimos para comer. Si hacemos esto último nos pareceremos más a animalitos que a seres humanos.
¡No se puede vivir sólo por vivir, no tiene sentido! Sería como poseer una existencia sin definir, una existencia que ha perdido su dignidad.
El tiempo de Pascua nos brinda la posibilidad de reencontrarnos con los valores humanos que nacen de la gracia de Dios y que fueron regalados por Dios al hombre a través de Jesús. No sólo por medio de su palabra sino de su sufrimiento y su entrega, porque Dios nos dignificó a través de la muerte y la resurrección de Jesús.
Si queremos encontrarnos con este sentido de la dignidad tratemos de unir nuestra vida a la palabra de Dios. Recuerden: “somos polvo y volveremos al polvo”. Si llegamos a ser “algo” es porque la gracia de Dios obró sobre el polvo. ¡Si fuimos creados por Dios pertenecemos a Dios! Somos, de alguna manera, celestiales; no terrenales.
Es cierto que elegimos lo terrenal por nuestro libre albedrío, pero algún día tendremos que regresar a lo divino, a lo celestial; por eso Jesús vino a este mundo.
Cuando el hombre perdido por el pecado necesitaba ayuda Dios nos manda a su Hijo para que recuperemos nuestra propia identidad de hijos de Dios, nuestros valores y el sentido de nuestra existencia. Para que, aprendiendo de nuestras equivocaciones, podamos descubrir a un Dios que nos acepta, nos perdona y nos lleva nuevamente a encontrarnos con la verdad: ¡somos hijos de Dios! Dijo Jesús: “El que quiere seguirme que tome su cruz”. Dios no quiere que desubiquemos los valores; lo material nos destruye en cambio lo espiritual nos eleva.
Reflexionemos, modifiquemos nuestra forma de vivir. Suele suceder que, aunque conocemos el evangelio y hemos escuchado muchas veces la palabra de Dios, nos cuesta ponerla en práctica. Por eso es importante tomarse un tiempo para volver a analizar el estilo de vida que llevamos. Pienso que, de alguna manera, podemos corregir nuestros defectos porque, aunque no queramos reconocerlo, en el centro de nuestra vida como cristianos, hay una cruz, y en medio de esa cruz está Jesús, justamente, para mostrarnos el valor máximo de la vida; para enseñarnos a renunciar a nosotros mismos, (una de las cosas que más nos cuesta).
Comúnmente, cuando tenemos que renunciar a algo nos duele enormemente. Pero Jesús nos dice: “El que renuncia a sí mismo descubre la felicidad”. ¡Qué filosofía tan diferente!, ¿no? A veces nos parece que nuestro deseo de poseer, y poseer, nos llenará de alegría. Acumulamos cosas años y años y después nos encontramos con que no tenemos edad para usarlas o han sobrepasado su fecha de vencimiento y ya no sirven para nada. ¡Pensar que ni siquiera las tocamos alguna vez, no tuvimos tiempo ni de revisarlas!
Perdieron valor por estar acumuladas. ¡Nos cuesta entender! Guardamos recuerdos, papeles, libros, ropa; no queremos dárselas a nadie, pero al pasar el tiempo se convierten en comida de polillas. ¡Cuántas veces cambiamos de peso y ya nada nos queda bien, ni siquiera una pierna nos entra en el pantalón, pero igual guardamos y nos aferramos!
Esta realidad nos acompaña todos los días. No somos conscientes de renunciar a lo material. No damos importancia al significado de lo espiritual en nuestra vida. Sin embargo, lo espiritual es la mayor de las riquezas que llegaremos a poseer. A la vida venimos desnudos y de ella nos vamos desnudos, pero los más cautos y prudentes, se llevarán un tesoro grande en el alma y en el corazón: la felicidad según lo que hemos vivido, disfrutado o compartido, día a día.
Lo material es pasajero, lo espiritual es infinito.
Estamos en tiempo de Pascua; este tiempo nos facilita el camino, revelándonos la verdad e invitándonos a corregir y definir el estilo de vida que debemos tener.
Habitualmente analizamos las conductas de los demás pero yo les digo: dejemos a Dios hacer lo que es de Dios. Por nuestra parte dediquémonos a mirar hacia dentro de nosotros; porque en lo interior puede nacer lo bueno y lo malo, así lo dijo Jesús.
La felicidad se hace ver cuando el hombre con su autodominio obtiene la reivindicación de valores tales como: paciencia, comprensión, tolerancia, perdón, amor, entrega. Cuando renuncia a sí mismo para encontrarse y compartir con los demás.
¿Saben una cosa? A veces vivimos sin saber ni sentir. A eso nos conducen las cosas materiales. Lo material hace que se nos pase el tiempo sin vivirlo realmente. Estamos como acelerados. Es cierto que es lindo cuando festejamos pero después quedamos como vacíos.
En cuántas oportunidades luego de la comida estamos descompuestos, o cuando los amigos se marchan nos invade la soledad, la angustia... ¡Qué lindo sería si realmente descubriésemos los valores grandes que se encuentran en nuestro corazón! Eso apartaría la soledad y comprenderíamos que las virtudes valen más que el oro porque no dependen de la fama o el poder que tengamos sino de nuestra paz interior.
El que no tiene paz no sabe valorar su existencia; vive frustrado, amargado, en constante competencia, con bronca, porque no se siente feliz ni completo. Quien no está feliz siempre ataca al otro, siempre encuentra una razón para destruirlo porque no conoce el verdadero valor de la serenidad. Por eso discute, pelea, hace cualquier cosa para que el otro se encuentre en su misma situación y todo, porque él no está en paz.
Mediante el autodominio de nuestras emociones terrenas, recuerden, aunque venimos desnudos podemos llevarnos grandes tesoros si estamos revestidos de riqueza interior.
Dios nos da mucho tiempo para pensar sobre la forma en que estamos viviendo, hacia donde vamos, para qué... Si realmente queremos descubrir la verdad tratemos de vivir la Palabra de Dios en la oración, en la contemplación, para encontrarnos con los valores correctos. Ubíquense, encuentren su lugar en el mundo, en la creación, en la iglesia, en la familia, aprendan a discernir dónde, cuándo, cómo y con quién... Esto le facilitará el camino para poder ver.
Ojalá que Dios nos ayude a encontrar el estilo de vida que Él nos propone y nos brinde la posibilidad de ver y disfrutar de su amor todos los días.

Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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