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Revista Compartiendo (Enero 2014).
Emprendamos una etapa de paz y esperanza

Comenzando el año, la Liturgia nos presenta la imagen de María junto a José y al Niño para que, como ella, también nosotros emprendamos una etapa de paz y esperanza, dejando todo en las manos de Dios.

El Evangelio nos dice que María escuchaba muchas cosas, buenas y malas, cosas que le provocaban dolor, tristeza, angustia, incertidumbre por lo que podía ocurrir con el Niño. Sin embargo, no se desesperaba (ni aún cuando escuchó decir al Profeta Simeón: «...Este niño será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón...»). María conservaba todas estas cosas y la meditaba en su corazón.

Más allá de todo lo que pudiera escuchar, pensar o sentir, ella confiaba en la gracia de Dios y dejaba todo en sus manos: «Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según su voluntad».

Por eso comenzamos el año con su recuerdo porque ella nos impulsa a rezar por la paz y la esperanza de este mundo.

El Evangelio nos propone alcanzar una fe tan profunda como la de María para que, también nosotros, dejemos lo bueno y lo malo (incertidumbre, desesperación, angustia y todas esas cosas que dan vueltas en nuestra cabeza) en las manos de Dios; sobre todo, nos invita a confiar en su Gracia.

Cada nuevo año requiere de nosotros que hagamos un balance de lo que vivimos, de las cosas buenas y de los errores cometidos (consciente o inconscientemente), no para condenarnos sino para aprender de cada equivocación y así, poder proyectar nuevamente nuestra vida.

Debemos ser conscientes que cometemos errores cuando no sabemos por dónde vamos a caminar y cómo vamos a hacerlo, cuando no sabemos lo que buscamos, cuando no están claros nuestros proyectos.

Y si ya tenemos claro qué queremos para nuestra vida debemos saber que, seguramente, en el camino que tomemos para lograrlo, nos encontraremos con cosas buenas y malas. Por eso, para evitar estas últimas, debemos estar atentos y prevenidos. Debemos aprender a mirar y ver, a escuchar y oír, a no dejarnos aturdir por el primer ruido.

Cuando caminamos por las calles de la vida nos rodean muchas cosas: flores que despiden agradables perfumes, plantas, árboles... pero también hay mucha “suciedad”.

Si uno no presta atención al momento presente y camina sin mirar, es posible que pise “algo” y... ¡el olor que ese “algo” emane nos persiga por bastante tiempo! Es entonces cuando uno se lamenta diciendo: “¡Qué macana! ¿Y ahora... cómo me saco este olor de encima?”. La única forma de evitar esto es mirar bien por dónde pisamos y, en caso de no haber podido evitarlo, recordemos que... ¡siempre habrá agua y jabón suficientes para lavarnos!

Quiero decir, con esto, que el hombre tiene muchas posibilidades para “sacarse de encima” los errores, para lavarse y encontrarse nuevamente limpio, perfumado y en paz.

Cometemos errores porque somos inconscientes, porque “jugamos” en contra de la naturaleza, de Dios y de nosotros mismos pero, recordemos lo que dije antes: ¡Siempre habrá agua y jabón suficientes como para eliminar de nuestra mente y corazón todas “suciedad” que pueda hacernos daño!

Por supuesto la elección de bañarnos, o no, es nuestra. No nos quedemos en el pasado o en el dolor de un recuerdo; si uno quiere buscar soluciones... ¡siempre hay!

También tengamos presente que son muchas las cosas buenas y positivas que nos rodean, la decisión de alejarnos de ellas o de acercarnos a ellas, es nuestra.

Si elegimos bien, conscientemente, “hacia dónde y por dónde” queremos que vaya nuestra vida (y lo hacemos con los ojos abiertos), el camino de la felicidad estará a nuestro alcance.

Esto no significa que no vamos a cometer errores (¡todos los cometemos!), lo bueno es que, de cada uno de ellos rescatemos una enseñanza positiva.

Errar no es una condena, es una posibilidad de crecer y madurar. Cada error cometido es un escalón que nos lleva al perfeccionamiento de nuestra vida y nos recuerda que somos seres humanos (ni santos, ni ángeles), que tenemos límites y que debemos definir lo que buscamos y lo que queremos ser.

Si conocemos esta realidad, al igual que María, podremos vencer cualquier adversidad y disfrutar de la felicidad que Dios pone a nuestro alcance cada año de nuestra vida.

Alcanzar nuestras metas, vencer nuestros miedos, angustias, preocupaciones, inseguridad, no es fácil pero crecer y madurar implica pasar, también, por todas estas cosas.

Las personas grandes somos diferentes a los niños. Decidirse, armar un proyecto de vida y sostenerlo cuesta mucho. En cambio si le preguntamos a un niño qué es lo que quiere ser, inmediatamente contesta: “Piloto, ingeniero, bombero, médico”. Los chicos tienen mucha más capacidad que nosotros de “construir castillos en el aire”. ¿Saben por qué?

Porque no tienen miedo, angustia ni desesperación. Aún no conocen el significado real de estas palabras.

Pero si hacemos la misma pregunta a alguien de quince años... ya tiene dudas.

A medida que crecemos... los temores, la incertidumbre y la inseguridad comienzan a afectarnos y, muchas veces, interrumpen nuestros proyectos.

Aunque estemos pasando por esto y este año que acaba de irse no haya sido uno de los mejores en cuanto a realizaciones personales., no olvidemos: “Aquel que confía en la gracia de Dios, siempre encuentra respuestas”.

Por eso, en esta fecha el Evangelio nos habla de María. Ella contemplaba todo (lo bueno y lo malo de la vida) y confiaba en la gracia de Dios.

Al comenzar este año, pidamos a Dios que aumente nuestra fe, que confiemos cada vez más en su misericordia y que, aceptando nuestra realidad nos entreguemos a su voluntad y descansemos en su Gracia.

Recemos por un año de paz, para corregir y equilibrar nuestra vida.

Que Dios nos proteja e ilumine para que podamos encontrar el camino de la felicidad.

Deseo de todo corazón que, fortalecidos por el Espíritu Santo, tengan un muy feliz año y que el Señor siempre los acompañe, como lo hizo con María y José, a través de la presencia del Niño Jesús.


Padre Ignacio Peries

Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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