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Revista Compartiendo (Octubre 2013).
La humildad es una virtud que recompensa

La mejor forma de buscar la misericordia de Dios es llenarse de humildad ante su presencia ya que de esta forma seremos amados y protegidos por la bondad y la gracia de Nuestro Señor.

 Sabiendo que Dios nos ama, nos cuida y acompaña seremos capaces, verdaderamente, de dejar nuestra vida en sus manos.

Ser humildes de corazón es una condición para recibir la bendición de Dios. Pero… nos cuesta mucho reconocer y vivir el valor de la humildad. Jesús intenta enseñarnos. Es increíble cómo busca infinitas posibilidades de llegar a nuestro corazón y nuestra conciencia.

En una ocasión tomó el ejemplo de los invitados a un banquete de bodas para demostrarnos cómo debemos comportarnos y ubicar nuestro ser en medio de los demás.

El reconocimiento de nuestros valores y de todo lo que logramos en nuestra vida depende totalmente de la gracia de Dios.

Aunque lo merezcamos o no, si nos adelantamos, si decimos nosotros ser los primeros, Él se encarga de ubicarnos y su mensaje es duro: ¡No sean primeros! “El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.

Si nos desubicamos Dios, de alguna manera, se encarga de volvernos a nuestro lugar.

Muchos nos comportamos como aquellos invitados a la boda. Nos sentimos privilegiados, queremos ocupar los lugares más importantes y no es lo correcto; aunque también, ténganlo en cuenta, la falsa humildad es algo habitual y no hace ningún bien.

Cada uno de nosotros tiene su lugar y su valor ante los ojos de Dios y, en el mundo, ante los demás.

Todos queremos sentirnos honrados, atendidos, reconocidos, pero Dios nos pide que no intentemos ser “figuritas” ante su presencia. Ya que Él ve en lo oculto de nuestro ser y sabe de antemano cuáles son nuestras intenciones.

 Aunque vos creas que te merecés ciertas cosas y no estás siendo reconocido por la mirada que brinda el mundo, actúa con humildad porque, increíblemente, la vida te recompensará en su justo momento.

Tratemos siempre de acercarnos a los demás con humildad para poder compartir y vivir mejor todo lo que la vida nos ofrece.

No somos los más importantes pero tampoco somos los peores, cada uno tiene su justo valor. La palabra de Dios nos toca a todos de diferentes formas.

Ante algunas personas o situaciones solemos buscar prestigio, reconocimiento y, a veces, hasta llegamos a destruir emocional y materialmente al otro diciendo: “es mi derecho”, pero el Señor nos recuerda que, aunque así sea, debemos aprender a ser humildes de corazón y a construir en cambio de destruir.

Muchas veces el ser humano “pierde su cabeza” debido a su propia capacidad social, intelectual o espiritual.

Cierta vez un científico llamado Pedro buscaba la forma de escapar de todo y de todos. Engañar a la vida y hasta la propia muerte. Para alcanzar sus objetivos pensó en clonarse y, después de muchos intentos ¡lo logró! Entonces comenzó a reírse de los demás porque nadie podía identifícalo. Así vivió mucho tiempo y como ya había logrado engañar a los hombres, sintiéndose casi dios, orgulloso de su capacidad, decidió también engañar al diablo y multiplicó su clonación doce veces.

Un buen día el ángel de la muerte vino a buscarlo pero no pudo encontrarlo ya que había trece iguales a él. Por más que buscase y buscase no encontraba ningún defecto que los diferenciara para poder hallar al auténtico, entonces se marchó pero, sagazmente, luego de un tiempo decidió volver para hacer una última “jugada” y se presentó en medio de los clones.

El científico, lleno de vanidad, consideraba que nunca podría ser identificado. Ante lo cual el diablo le dijo con total seguridad: “Al fin encontré una imperfección en tu obra”. Cuando el hombre escuchó esto sintió herido su orgullo, y su vanidad pudo sobre todos sus esfuerzos y vociferó: “Mi obra no tiene defectos, estás mintiendo. Todo fue fríamente calculado, sé que mis clones son perfectos. Nunca nada me salió mal. No opines sobre lo que no sabes” Y el diablo replicó (no sin antes sonreír): “Claro que hay un defecto: tu lengua y tu boca”.

Es verdad, la persona vanidosa se da a conocer por la forma en que habla. Sus gestos y palabras dicen más que otras cosas. Sus propios labios dejan salir a la luz el defecto más grande: la falta de humildad.

Si vos agrandás tu cabeza y la “inflás” con grandezas, el Señor “pincha el globo” y te ubica “desinflándola” para que puedas encontrar tu lugar en el mundo y un camino humilde para vivir como verdadero hijo de Dios.

Es cierto que todos necesitamos la misma felicidad para compartir la vida; necesitamos la atención de otros, queremos ser mejores que otros, sentirnos importantes… pero qué lindo cuando podemos sentir que nuestras acciones y reacciones nunca interrumpieron la felicidad de los demás.

Todos somos iguales ante los ojos de Dios. Él murió para todos en igualdad. Que nadie se sienta pisoteado o menospreciado por nuestro orgullo o nuestra vanidad.

La humildad no es solo una virtud sino una recompensa porque ese ser humillado y contrito será ensalzado por lo humano y por lo divino, así lo aseguró Jesús.

Una de las formas de llegar a ser verdaderamente felices y libres es poner a disponibilidad de los demás todo lo que poseemos: inteligencia, capacidad, entrega, amor.

Cada uno de nosotros tiene que ser consciente de lo que realmente es, de su alcance, sus límites, por eso en lugar de “agrandar” nuestra imagen tratemos de vivir con humildad porque… Dios lo sabe.

Vivamos en paz con nuestra consciencia y, para ser bendecidos con la bondad de Dios, pidamos a Jesús la gracia de ubicarnos en nuestra vida y de encontrar, definitivamente, nuestro lugar en el mundo.

Padre Ignacio Peries
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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