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Revista Compartiendo (Abril 2013).
“Quien no tenga pecado, que arroje la primera piedra”

En todos los tiempos, los Evangelios nos hablan de la misericordia de Dios y nos pide insistentemente que confiando en esa misericordia cambiemos nuestro corazón, nuestras prioridades, nuestro sentido de la vida. Si tenemos claridad sobre esto último creo que cambiarían muchas cosas, por eso es que San Pablo nos invita a no mirar hacia atrás, para no seguir condenándonos con nuestro pasado.

Es muy fácil, a veces, por recuerdos de fracasos y errores, sentirnos perseguidos y condenados, con una gran culpa. Pero San Pablo insiste en que no miremos hacia atrás y que, recordando la gran misericordia de Dios, ese maravilloso amor que nos da la oportunidad de convertirnos, miremos hacia adelante para ver nuestra vida diferente, para transformar nuestro corazón, porque no hay nada comparado con el amor y la gracia que recibimos del cielo.

Sabiendo esto no hay obstáculo que no podamos sortear y transformar para nuestro bien.

Es cierto que lo terrenal, muchas veces, tiene su recompensa pero, nada de lo terreno es seguro. Lo más seguro y lo más firme que podemos alcanzar es la gracia y la bondad de Dios, la posibilidad de convertirnos y empezar de nuevo, siempre mirando hacia adelante. Es una hermosa invitación y uno de los pasos principales de nuestra conversión.

Jesús, a lo largo de su vida nos da los ejemplos máximos de su misericordia.

Uno de ellos es el de una mujer condenada por adulterio. Cuando fue presentada ante Él le recuerdan que, según la ley de Moisés, debe ser apedreada pero Él, después de un tiempo de reflexionar, les contesta: “ Quien no tenga pecado, que arroje la primera piedra”.

Jesús esperó en silencio y todos, comenzando desde los más ancianos, se fueron retirando. No quedó nadie…

Dios nos da respuestas que a veces podemos entender y otras no, pero, profundamente, nos pide que reconozcamos que todos somos pecadores.

En algún momento de nuestras vidas todos cometemos alguna falta. Nadie es perfecto. Por eso nos pide que, en primer lugar, comprendamos la debilidad que otros pueden tener ya que, suele suceder que nosotros comprendemos y justificamos nuestros errores; encontramos mil razones para hacerlo, damos vueltas y vueltas y al final casi siempre decimos: “ Si, me equivoqué, pero…”(por tal cosa, culpa de otros generalmente).

Así hicieron Adán y Eva con la manzana. ¿Recuerdan? Eva dijo: -“Fue Adán”- a lo que Adán replicó: -“No, la culpa fue de Eva”.

Nosotros pensamos y rebuscamos tratando de encontrar razones que justifiquen nuestras acciones y cuando es el otro el que se equivoca, también buscamos todos los motivos pero, no para justificar sino para condenar.

Por eso Jesús plantea: “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”.

¿Qué quiere significar con éstas palabras?

Si Dios, misericordioso y puro, perdona a todos, ustedes, pecadores, ¿cómo no son capaces de perdonarse unos a otros?

¡Qué hermosa enseñanza!, como cambiaría el mundo si todos pudiésemos comprendernos, perdonarnos y empezar de nuevo.

Esto es difícil, porque obrar así “toca” nuestro orgullo, nuestra vanidad, nuestra falta de comprensión.

¡Cómo cambiaría el mundo si todos nos reconociéramos pecadores y nos arrepintiésemos de nuestras faltas sin juzgar a los demás!

La Misericordia va más allá de todo pero no significa que Jesús justifica los pecados.

Recordemos las palabras dichas a aquélla mujer: “Yo te perdono, hija, vete y no peques más”.

Jesús nos pide que aprendamos a corregir nuestros errores. Él no condena al infierno pero exige una conversión del corazón.

-“No peques más de aquí en adelante”- dice Jesús.

-“No mires hacia atrás sino hacia adelante”- dice San Pablo.- para poder encontrar el resurgimiento de la vida.

Cada error, cada pecado, cada culpa, muchas veces nos enseña a encontrar el verdadero camino, a reconocer nuestros propios defectos para reflexionar y aprender a vivir mejor el futuro.

Si alguien dice que nunca pecó no conoció la vida.

Cada equivocación abre los ojos, la conciencia y la mentalidad, te obliga a pensar y hablar. Aunque, a veces, no sabemos con quién hacerlo, con quien compartir esa historia que llevamos sobre los hombros como un gran peso que nos atormenta y nos somete, ante esta realidad que hermosas resuenan las palabras de Jesús: -“ Mujer ¿ alguien te condeno?”.

-“No Seño”-, responde ella. A lo cual replica Jesús: -“Tampoco yo”

 ¡Que hermoso! ¡Cuánta caridad!

De ésta manera nos está pidiendo, hoy como ayer: -“¡Levanta tu cabeza y aprende de tus errores para vivir mejor cada día!”

Nos invita a sacarnos de encima todo lo que tenemos dentro, eso que nos impide encontrar la felicidad, sobre todo, el pasado. Pasado que llevamos en la cabeza como una enorme piedra.

Nuestra conciencia está cargada de historias y recuerdos que nos hacen mal. Discutimos, nos enojamos, vivimos con odio, con bronca… ¿ Se preguntaron donde llevamos todo eso?. Sobre nuestra espalda, nuestro corazón y nuestra conciencia.

Ni siquiera al dormir podemos mover esa enorme piedra. Es una realidad y cuando menos nos damos cuenta, nos enfermamos mentalmente o tenemos afectado el corazón. Nunca logramos alcanzar la felicidad porque no podemos descansar. Las 24 horas llevamos el peso de nuestra historia sobre la espalda. Y cuando nos podemos aguantar más comenzamos a preguntarnos: “¿Qué sentido tiene esta vida?, estoy cansado… agotado”.

Justamente, ese es el momento, cuando el cansancio nos agobia y nada en la tierra nos alegra y nos impulsa a vivir, confiemos con toda el alma en la misericordia de Dios. Solo Él puede mover las piedras que se interponen en nuestro camino, solo Él puede aliviar nuestra conciencia y quitar todo peso que nos abruma. Él nos enseña, a través del perdón hacia los demás y hacia nosotros mismos, a aligerar nuestra carga.

Pensemos en algo muy común, cuando alguien nos hace enojar mucho, mucho, y nos llena de dolor, el que inicio la pelea posiblemente se desahogó y ya está bien y retoma su vida con naturalidad, pero si nosotros seguimos llevando el recuerdo de ese mal momento todo el tiempo porque no podemos perdonar, sentimos un peso muy grande.

El misterio del perdón nos permite sacarnos de encima todas estas cosas.

Perdonar cuesta mucho, a veces, ni siquiera nos damos cuenta que es eso lo que debemos hacer.

Así le pasó a un rey hace mucho tiempo. Cada año le traían un prisionero condenado a muerte para cambiarle el castigo y lograr reducir su pena. Pero él seguía igual, hasta que el rey llegó a decir: -“En este caso he fracasado, le di todas las posibilidades para cambiar, no tiene más oportunidades, que se cumpla su condena”

Un hombre sabio, al escuchar el veredicto le dijo al rey: -“ Su Majestad, usted le dio todas las formas de castigo conocidas para que cambiara pero le faltó darle lo más importante: una palabra de perdón”.

El rey aceptó la sugerencia pero con ciertas condiciones: “que nunca más volviera a delinquir”

Cuando el hombre escuchó aquellas palabras de perdón, comenzó a llorar. Su historia y su rebeldía lo habían condenado a la muerte y ese perdón le devolvió la vida.

El Señor nos ofrece lo mismo a nosotros.

Condenar al infierno es fácil, pero Jesús dice: -“He venido para llevar la ley a la perfección no para abolirla”

Los mandamientos y las leyes no fueron hechos para condenar. Si obrara en el mundo el amor y el perdón no habría necesidad de ellas ya que, sobre todas las cosas, existe la misericordia de Dios.

Queridos amigos, dejemos el pasado en manos de Dios y pidiendo su misericordia y su perdón luchemos por encontrar un mundo nuevo, una nueva gracia en nuestras vidas.

Somos invitados, una vez más, a repensar nuestra historia pero no para arrastrarla como un gran peso en nuestro corazón sino para dejarla en las manos de Dios y así poder caminar aliviados, con nuevas esperanzas y acompañados por su amor.

Olvidar es difícil, borrar lo vivido también, pero cuando esas memorias me permiten decir: “Gracias a Dios aprendí a vivir a partir de mis errores”, mi mirada se transforma en positiva y el pasado deja de ser una condena por gracia de Dios.

Digo esto por mi propia experiencia. A veces miro hacia atrás y me digo: “Gracias por aquél error que me llevó a reflexionar y tomar un camino diferente”

Analicemos nuestra vida siempre, pero con paz interior y dejando a Dios obrar en nosotros con su infinita misericordia, de manera que cada día podamos abrir los ojos con el deseo de comenzar una vida nueva.

Dios te ayude

Padre Ignacio
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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