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Revista Compartiendo (Noviembre 2012).
La convivencia no es un libro de quejas.

Como seres humanos todos tenemos infinidad de motivos para quejarnos ya sea que nos amemos o nos desconozcamos. Esto sucede porque, naturalmente, tenemos nuestros propios puntos de vista, nuestros proyectos, nuestra forma de ser y también nuestras expectativas sobre determinada persona o situación.

Las quejas ¡qué difíciles de manejar!, de darles una sentido positivo. En la convivencia se podría decir que “se acrecientan”. Se comienzan a vislumbrar las grandes diferencias (de costumbres, hábitos, ideas) y cada uno lo mira desde su egoísmo. Lamentablemente, cuando ambos empiezan a quejarse comienza a morir el amor porque los momentos compartidos se llenan de conflictos.

Las personas que persisten en quejarse se vuelven incapaces de sentirse amados y de amar. ¿Por qué? Porque se encierran en su propio individualismo, en su propia mentalidad.

¿Cómo vamos a superar esto?

Como dije antes, todos tenemos razones para quejarnos pero la forma en que lo hacemos marca la diferencia. Las quejas positivas muchas veces nos dan posibilidad de crecer.

Tenemos que aprender a quejarnos de manera que resulte beneficioso, si no, no vale la pena.

La convivencia no es un libro quejas es una realidad que nos llama a compartir la vida. En un libro de quejas podes escribir lo que querés (y tal vez borrarlo si te arrepentís) pero ¡ojo! con lo que escribís en un corazón humano, porque podés perder muchas cosas importantes.

Por eso es necesario aprender a quejarse. Si se trata de una persona, en primer lugar, dirigirse a ella; es bastante duro, pero no lo es cuando uno utiliza un lenguaje adecuado y se expresa con paciencia, comprensión y humildad. De esta manera casi siempre se encuentra una solución, tal vez ¡la mejor!, pero... si no sabemos expresar lo que sentimos... esto nos acarrea más conflictos, que se traducen en violencia y angustia.

No es lo mismo decir: -No me querés más!!! No me respetas!! Sos tonto /tonta!! -(si esto se dice en un tono alto con gestos agresivos ya se está anticipando una respuesta del mismo tenor, o sea: “guerra”, porque el otro, con sus defectos, también tiene su orgullo, su personalidad, diferente a la tuya, porque es otra persona, simplemente por eso), que decir: -“Me parece que estamos alejándonos un poco. Todavía podemos recuperar la relación que tuvimos”-

No estás diciendo: -Vos ya no me querés!!- sino: -“Vamos a intentar amarnos como los dos lo merecemos”-

Mi papá y mi mamá nos decían, cuando éramos chicos: “si vos no podés hablar bien “de” alguien o “con” alguien, calláte la boca”.

Lo primero que tenemos que aprender a reconocer es que ¡ningún ser humano es perfecto!, por lo tanto, todos tenemos la posibilidad de quejarnos de algo o de alguien, todos tenemos debilidades y puntos de vista que no coinciden con el resto. Por esa razón es importante aprender a expresar aquello que nos molesta, de manera positiva y sin agresión.

A veces discutimos porque no comprendemos algunas reacciones del otro pero tratemos de analizarlo con paciencia para poder descubrir el verdadero sentido de aquella actitud, seguro que, si lo hacemos así, encontraremos el por qué y nuestro enojo inicial desaparecerá y podremos decir nuestra queja con humildad y para bien de todos.

Recuerdo que estando en la facultad uno de mis profesores tenía siete títulos en Lengua, de diferentes países: Rusia, Estados Unidos, China, Inglaterra, Sri Lanka y otros. Eran títulos muy importantes.

Cuando nos lo presentaron pensamos: -“Bueno, tenemos un profesor de excelencia” Pero, ¿saben qué pasó?. No sabía llegar a sus alumnos, no sabía explicarse. Tenía muchísima inteligencia pero no sabía expresar con claridad sus conocimientos como para que todos pudiésemos entender. Consecuencia: los chicos no querían participar de sus clases.

Pobre hombre. Había días en los que solo contaba con dos o tres alumnos (era una división de 40 jóvenes). Él no entendía qué estaba sucediendo y nadie decía nada. Una mañana me animé y le dije: -“Profesor, lo que los chicos dicen es verdad. Nosotros no entendemos cuando nos explica un tema. Usted tiene mucho talento, mucha capacidad, pero estamos confundidos”.

Ustedes saben que el profesor me agradeció. Pobre. Se levantó de su escritorio y me dijo frente a todos: -“Gracias Ignacio por ser sincero. No quiero arruinar sus estudios”.

Ese mismo día bajó a la oficina y renunció a sus horas, sin ningún rencor.

Solo le dije: -“Los chicos no entienden”- Se lo dije con mucha humildad y respeto. Y la respuesta fue idéntica.

Es que cuando decimos algo con claridad, con amor, con transparencia y cara a cara, (en lugar de hablar en el kiosco, la peluquería, el supermercado o los amigos) las quejas resuelven situaciones positivamente.

Ahora bien, si las personas no aceptan lo dicho, por orgullo o vanidad, ya es un problema de ellos, pero nuestra actitud fue positiva.

Considero que hacer una crítica, quejarse, discutir, intercambiar opiniones, es bueno porque uno escucha otros puntos de vista, pero nunca imponiendo el nuestro como una obligación o con el objetivo de “cambiarle la cabeza” al otro.

Las quejas negativas resultan del deseo de obligar a la otra persona a cambiar todo, porque yo así lo quiero.

Este error lo comenten muchas personas, especialmente los que tienen mucha autoridad a nivel intelectual y también quienes tienen muchos miedos.

¿Sabían que la persona que tiene miedo a ser pisoteada por otros, por esa misma inseguridad, no sabe hablar sin agredir? Siempre se queja en los pasillos, a escondidas, nunca cara a cara; esto es demostración de cobardía. ¿Quién se destruye? Su propia persona. Porque todo el mundo interpreta la falta de coraje para hablar de frente.

Resumiendo, es muy importante saber: cómo, cuándo y con quién plantear nuestras quejas.

“Cómo” es mucho más importante que “cuándo”, porque si no sabés expresar lo que sentís, en lugar de resolver, terminás a las trompadas.

Se necesita humildad, mucha humildad porque, aunque el otro te rechace o te ignore, si sos positivo, tus palabras llegan a su cabeza. Especialmente cuando nos quejamos con los jóvenes: hijo, hija, sobrinos, nietos, etc. Ellos siempre parece que te rechazan, que chocan y confrontan, (no quieren aceptar sus errores y/o debilidades), pero, de cualquier forma, cuando vos le decís: -“Hijo, quiero verte realizado, que demuestres tu inteligencia, tu valor, tu dignidad”-. Estas palabras llegan al corazón y chocan más que si enumerásemos todos sus defectos y sobre todo, quedan trabajando en su cabecita, porque las dijiste con amor y humildad.

Amigos: si manejamos bien nuestros sentimientos toda queja se transforma en positiva, logramos una mejor convivencia y nos levanta el ánimo.

A veces cuando alguien nos dice algo se siente como una carga. A mí me pasó en el colegio secundario. Una profesora se quejaba de mí y yo pensaba: -“¿Qué te importa de mi vida?” Pero ella insistía, siempre con amor, sin agresividad, pero a mí me dolía igual. Hasta que me di cuenta que ella esperaba un cambio en mi conducta, solo para mi propio beneficio. Cuando lo entendí pasó a ser la mejor amiga, la mejor profesora, porque iluminó mi camino y me cambió la vida.

Si alguien se queja de vos, de frente, con respeto y humildad, esa persona te ama, no intenta destruir tu felicidad ni condenarte al infierno, al contrario, quiere guiarte y ayudarte a encontrar el camino que te acerque a ser feliz.

¿Cómo se quejan ustedes? ¿Con ambición, orgullo, omnipotencia, con falsedad, con el objetivo de pisotear al otro o con dignidad, caridad y esperanza?. Piénsenlo, todavía hay tiempo para reflexionar y corregir nuestra manera de ser.

Dios nos ayude a convivir en paz.
Padre Ignacio Peries
Revista Compartiendo
Imagen de la portada.

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